Hace unos días fue mi cumpleaños. Me levanté a primera hora de la mañana, como siempre, y los primeros que me felicitaron fueron mi mujer, mi hijo y… Google.
Los años van pasando y, durante unos instantes, solamente pude pensar en cómo han cambiado las cosas en tan poco tiempo. Hoy, lo más íntimo, la familia más cercana, se confunde extrañamente con ese ámbito público y universal formado por las grandes redes de comunicación, tanto pública como privada, que se gestionan a través de Internet. Y pensé también que si Google me felicita con tanta eficacia quizás también debería tener un rostro, una cara, un cuerpo más o menos físico al que reconocer, en quien confiar, contra el que arremeter o al que seguir.
Recientemente, en dos viajes a Nueva York y Londres, he podido admirar las inmensas tiendas o lugares de encuentro o zonas de ocio electrónico o rincones para la amistad o espacios para el aprendizaje digital, que Apple mantiene en la Quinta Avenida, en Oxford Street o en el barrio de Covern Garden. En estos lugares la marca de Steve Jobs seduce incluso a quienes más críticos somos con ella, cautiva con sus decenas de amables empleados que sutilmente dejan hacer a los cientos de personas que solamente quieren navegar o jugar un poco a través de la Red y embelesa mostrando sus encantos en metros y metros de estanterías, cabeceras, pasillos, mostradores y asientos que transmiten a la perfección los valores de la marca.
Quienes ya no podríamos trabajar, ni comunicarnos, ni acceder a la cultura, ni informarnos sin Google, quienes necesitamos los muchos productos casi siempre gratuitos que nos brinda esta empresa pionera para nuestro quehacer diario, desde el simple buscador a las aplicaciones Android, pasando por Youtube, Picasa, Adsense, Adwords, Gmail, Blogger, Sites, Docs, Earth, Maps y tantos y tantos otros, comenzamos a requerir y a necesitar una referencia física de Google.
Google, entendido como un ingente y siempre inteligente conglomerado de productos, servicios, aplicaciones y tendencias, es tan importante en nuestras vidas que queremos verlo humanizado en un comercio, en un local, en un lugar de encuentro, en un espacio real, más allá de lo virtual, donde podamos ver cómo respira, cómo palpita, cómo responde y qué aspecto tiene la marca con la que nos levantamos, nos acostamos, laboramos, disfrutamos, navegamos, videochateamos, compartimos, nos comunicamos, nos buscamos y nos identificamos.
Si, definitivamente, Google es lo más parecido que tenemos a Dios, deberá algún día hacerse humano. O, al menos, presentarnos a sus profetas en algunas iglesi.., en algunas tiendas, quiero decir.
8 razones por las que Google es lo más parecido a Dios...