lunes, 26 de diciembre de 2005

La libertad es para todos

Soy de los que piensan que lo mejor que se puede decir de la Iglesia católica es que, además de ser históricamente la primera gran institución global que ha conocido el mundo, es una organización sin igual para permanecer y sobrevivir a los más diversos, y en ocasiones adversos, acontecimientos históricos. Por lo demás, las grandes religiones institucionalizadas en general, y la doctrina espiritual que emana de Roma en particular, me resultan tan poco estimulantes como cualquier ideología que esté construida sobre creencias bárbaras, mitos burdamente manipulados, rotundas mentiras y patrañas perfectamente diseñadas para conservar el poder.
En mi opinión, tan cierto es que a la Iglesia Católica se le puede acusar de ser cómplice directa de algunos de los grandes holocaustos que ha conocido la Humanidad como que, en determinadas ocasiones, esta institución ha sido una hermosa y estratégica herramienta de paz y concordia entre los ciudadanos y los pueblos. Incluso, en algunos momentos estaría dispuesto a admitir que si la Iglesia católica no hubiera nacido como una eficacísima construcción de los emperadores romanos y de los sacerdotes judíos de los primeros siglos, quizás habría habido que inventarla. Pero, a pesar de esto, pienso que la Iglesia española de hoy en día, por ejemplo, además de haber fomentado en el País Vasco el desprecio a las víctimas del terrorismo y la compasión gratuita a los verdugos de éstas, es una entidad primitiva y reaccionaria a la que el Estado democrático no debería subvencionar y a la que habría que llevar a los tribunales por delitos de género (no ofrece a las mujeres las mismas oportunidades que a los hombres), de discriminación (impide ejercer el sacerdocio a algunas personas por su orientación sexual, por ejemplo) y por difamación (todavía es frecuente escuchar a altos cargos de la Iglesia despreciar públicamente a las personas homosexuales).
Dicho esto, también creo que a los miembros de la Iglesia Católica, a los periodistas que trabajan en las empresas de ésta y, en fin, a todas las personas que profesan este credo es necesario garantizarles, igual que a todos los demás ciudadanos, su derecho a la libertad de expresión. Pese a que los nuevos fascistas de diseño que se esconden bajo las siglas de ERC piensen que la libertad es algo que les pertenece en exclusiva, como también creen que así ocurre con su país, su lengua o su historia.





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