jueves, 29 de diciembre de 2005

¿Quién es ese señor? (1ª Parte)

Muy pocas de los cientos de millones de personas que alborozadamente celebran la Navidad en prácticamente todos los rincones del mundo saben que si a la figura de Jesucristo le aplicáramos las exigencias de verosimilitud que los especialistas han asignado a otras personalidades y acontecimientos de cuya existencia histórica no hay ninguna duda, la imagen de a quien los cristianos consideran como el Hijo de Dios quedaría excepcionalmente borrosa y difuminada.

Hay que tener en cuenta que toda la presunta biografía de Jesucristo, desde su nacimiento en una cueva de la ciudad de Belén hasta su muerte en la cruz, se construye sobre el Nuevo Testamento que, en su versión canónica, está construido principalmente por los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Ninguno de estos cuatro evangelistas tuvo contacto directo con la figura de Jesús y todos ellos hablan del “Cristo”, del Salvador, en base a referencias o a testimonios de otras personas. Si a la ausencia total de elementos históricos en unos Evangelios que, además, están repletos de elementos mágicos, apariciones, sucesos asombrosos, milagros y acontecimientos inexplicables que eran muy del gusto de la época, añadimos el hecho de que, hasta el momento, no se ha encontrado ningún templo cristiano anterior al siglo II d.C, podemos concluir que, en el mejor de los casos, la existencia histórica de Jesús es una cuestión intensamente dudosa.
Concretamente, son apenas cuatro breves referencias de historiadores romanos de la época las que hablan, siempre indirectamente, de algunos muy breves hechos que parecen tener que ver con un tal Cristo (el Salvador), que así era como se denominaba, o se autodenominaban, muchos de los numerosos mesías que por aquel entonces afirmaban ser los elegidos. Desde un punto de vista científico, estas citas apenas tienen ningún valor histórico por su indefinición, su imprecisión y su vaguedad.
Ayer, mientras paseaba con mi hijo de tres años de edad por una ciudad engalanada de luces y adornos navideños, pasamos ante la imagen de Jesucristo que con tanto éxito construyeron los artistas bien entrada la Edad Media. El niño me preguntó: “Papá, ¿quién es ese señor”.
Y yo no supe qué responderle.
(www.gonzalez-zorrilla.com)

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