martes, 24 de enero de 2006

Educación y violencia (el caso vasco)

La educación, entendida como el conjunto de normas básicas de comportamiento que ayudan a la convivencia entre los seres humanos, se nos aparece a estas alturas de nuestra historia como un valor más bien escaso, siempre presente por la gravedad de su ausencia y especialmente degradado en colectividades como el País Vasco donde el recurso a la violencia y a la agresión se ha convertido en moneda habitual de cambio. En este sentido, las quiebras y las fallas habituales en el contacto común con los demás (ya saben, no dar las gracias, no demandar las cosas por favor, gritar, no controlar el ruido o, simplemente, no saber disculparse en determinadas ocasiones, por ejemplo), representan sólo simples anécdotas de mal gusto en zonas donde las relaciones con los "otros" se hallan tan diezmadas como para que se convierta en algo habitual el ataque físico al vecino o el asalto a los bienes colectivos de todos.

Las conductas que definen el comportamiento civilizado entre los miembros de una comunidad, tanto las que regulan la vida cotidiana a pequeña escala como las que enmarcan las grandes líneas de interrelación entre diferentes sectores sociales, configuran los cimientos más sólidos de cualquier sistema de libertades y su ausencia o desaparición, por degeneración, por descuido o por incultura, constituye hoy en día uno de los principales enemigos de cualquier democracia que quiera mantenerse en el tiempo y que desee desarrollarse progresivamente sin mayores dificultades ni retrocesos.
Dicho todo esto, resulta profundamente alarmante constatar el proceso de degeneración educacional que se vive actualmente en el País Vasco. Probablemente, las infinitas barbaridades violentas que la mafia etarra y sus secuaces de paisano han perpetrado y perpetran en este país, la semiaceptación general durante demasiado tiempo del terrorismo callejero como "otra manera" de decir las cosas y la falta de una postura firme por parte de las instituciones autonómicas ante los innumerables desprecios a la dignidad humana que en esta tierra se producen son factores que han contribuido no poco al surgimiento de un espacio geográfico fantasmal y decadente en el que las relaciones entre los ciudadanos no están marcados por la cooperación, el entendimiento o la concordia, sino por los malos modos, la sospecha, la desconfianza y la amenaza permanente a la utilización de la fuerza.
La caída en esta espiral de despropósitos y de destrucción ética de la que hablamos resulta fácil de comprender. Si durante décadas un bien supremo como el derecho a la vida ha sido cómodamente quebrado por criminales actualmente demasiado justificados y alabados, si agentes sociales que jamás condenan un asesinato son respetados e incluso jaleados por otros colectivos más nacionalistas que demócratas, si la propia Iglesia Católica defiende el no cumplimiento de la ley para contentar a los asesinos o, en fin, si la convivencia pacífica resulta habitualmente fragmentada por seres irracionales que en escasas ocasiones padecen su sanción resulta lógico que, a fuerza de insistir en la ignominia, al final se hayan impuesto la vulgaridad más abyecta, la prepotencia más ridícula y la intimidación y el amedrentamiento como las opciones más rápidas para conseguir lo que se desea a cualquier precio.
La educación no es más que un baño de civilización que la mayoría de los individuos adquirimos para evitar los muchos roces, colisiones y conflictos que pueden surgir en sociedades complejas y plurales como las nuestras. Cuando esta pátina de seguridad se resquebraja tolerando lo inadmisible y justificando lo injustificable, se entra en una dramática caída hacia el envilecimiento que luego siempre resulta muy difícil, cuando no imposible, detener. Hoy y durante largos años en el País Vasco hemos traspasado numerosos niveles de seguridad en este camino que nos lleva inevitablemente a las más altas cotas de la estulticia y de la miseria.
No debemos engañarnos. Detrás de un joven que desestima con desdén a un maestro se encuentra otro chaval que dibuja dianas proetarras o pronazis en el instituto; a las espaldas de un ciudadano que hace caso omiso a las indicaciones de un guardia se esconde otro cuyo principal objetivo es asesinar policías; por debajo de cada desavenencia no resuelta por vías civilizadas se halla la pérfida idea de que la solución a muchos problemas es más efectiva empleando alternativas más crueles y, en fin, en los cimientos de muchos comportamientos ariscos y bravucones pueden rastrearse las huellas obscenas que dejan quienes emplean formas absolutamente fascistas como único recurso para bandearse en su patética existencia cotidiana.
Entender la educación individual como la manera más elaborada del respeto hacia los semejantes, comprender que ésta es básica para una convivencia en paz y en libertad, y asumir, por otro lado, que cada acto de incorrección con los otros nos acerca un poco más a la brutalidad primigenia son elementos que, junto con otros muchos, resultan básicos para demoler los pilares de la violencia terrorista. Para comprobar rápidamente este fenómeno basta con preguntarse, por ejemplo, quiénes son, a quién sirven y qué pretenden los actores políticos más groseros, zafios e inciviles de este país.
www.gonzalez-zorrilla.com

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