miércoles, 11 de enero de 2006

La razón en las cavernas

Hemos llegado, más bien hemos sucumbido, a un tiempo de absoluto desconcierto en el que, imbuidos por el espíritu del “todo vale” y vapuleados por una absoluta carencia de referentes, parece que todas las ideas son válidas, que todos los pensamientos pueden ser dichos y que todas las ideologías pueden ser defendidas. Hoy vale lo mismo el derecho que el revés y, de este modo, como “todas las opiniones” han de ser respetables, parece ser que el origen de la vida puede ser explicado de igual manera a través del evolucionismo que del creacionismo, que tiene la misma validez el sentimiento de quien cree en la divinidad de Jesucristo que el pensamiento de quien estudia históricamente la figura de Jesús y que tiene la misma posibilidad de tener razón quien defiende el adoctrinamiento religioso en las escuelas que quien aboga por una enseñanza laica en los colegios.

A pesar de que en esta época de alboroto ideológico, confusión intelectual y abotargamiento de las ideas parezca que todo tiene derecho a ser pronunciado y que cualquier cosa puede ser defendida, hay que decir muy alto y muy claro que ni todas las opiniones son respetables, ni todas las creencias son igual de válidas ni todas las afirmaciones pueden ser aprobadas. No son dignas las opiniones o las ideologías que llaman al racismo o a la destrucción, y tampoco lo son las que abogan por emplear el terror para imponer sus credenciales. Del mismo modo, y a pesar de lo que afirmen integristas religiosos, curanderos, chamanes y brujas, a la hora de analizar un tumor siempre será más válida la opinión de un médico que la de un hechicero, así como llegado el momento de estudiar el mundo siempre será mejor recurrir a la ciencia y la filosofía y no a la religión y la superstición. La ciencia es superior al rezo de un sacerdote o a la magia de un hechicero porque la primera demuestra empíricamente sus conclusiones, mientras que los clérigos, los predicadores o los integristas religiosos solamente aportan su convencimiento y su creencia personal en que las cosas ocurren como ellos creen y desean que ocurran.
Ciertamente, vivimos en un tecnoplaneta donde cada vez con más fuerza actúan las fuerzas de la sinrazón, del fanatismo, de la cerrazón y de la anomia intelectual, pero ello no debe llevarnos a la confusión y a mezclar la realidad con el ensueño y la historia con los mitos. En este sentido, en cualquier sociedad laica y desarrollada resulta inconcebible que existan zonas de exclusión en las que las únicas leyes que tienen validez son las que manan de la ‘sharia’ islámica, tal y como está ocurriendo en algunas zonas de Francia. Asimismo, es inaceptable que los creacionistas cristianos traten de imponer sus muy particulares creencias en la escuelas norteamericanas y, por ejemplo, se nos aparece como algo inconcebible que la Iglesia católica siga alimentándose de los presupuestos generales de muchos Estados de Europa, especialmente en España. ¿Qué está pasando en nuestras sociedad occidentales para que hoy mismo, en las puertas del siglo XXI, el canal de televisión más nuevo (y presuntamente más progresista) de los que funcionan en España diseñe una programación especial para entrevistar a Monseñor Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal española?.
Al final, y tal y como están las cosas, deberíamos recordar las palabras escritas por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche en ‘El Anticristo’: “Si lo que se necesita en resumidas cuentas y ante todo es fe, de esta manera hay que desacreditar la razón, el conocimiento, la investigación: el camino a la verdad se convierte en el camino prohibido”.
(www.gonzalez-zorrilla.com)

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