viernes, 13 de enero de 2006

Más sobre el relativismo ideológico (el caso vasco)

La afición a la mezcla, al pastiche y al collage propia de la posmodernidad no se ha circunscrito exclusivamente a los ámbitos de la literatura, el cine o las artes plásticas, sino que se ha transmitido al mundo de lo simbólico dando como resultado una mezcolanza ideológica, un batiburrillo de instrucciones éticas y una mixtura de pensamientos políticos que, al final, se han fusionado en una de las creencias más absurdas y erróneas, pero también más repetida, del espíritu posmoderno: el precepto de que “todas las ideas son igualmente válidas”.

Este canon esencialmente perverso ha servido de detonante para que en la mayoría de los países europeos haya surgido una caterva de formaciones intransigentes y sectarias que, ligadas a ambos extremos del arco político, ven en esta apuesta por la indeterminación y en esta querencia posmoderna por la incertidumbre un caladero excepcional donde obtener apoyos, seguidores, militantes y votantes con la facilidad de los que nada tienen que demostrar, argüir o explicar, ya que sus juicios sobre la política, la educación, la cultura, la economía o los movimientos sociales siempre tienen la garantía de ser, al menos, tan válidos como los demás.
El certificado de dogmática igualdad que el pensamiento débil otorga a la totalidad de los juicios de valor abrió una puerta fatal a la infantilización intelectual de las sociedades, al quebranto del proyecto ilustrado nacido con la Revolución Francesa y a un “todo vale” global que, en el caso del País Vasco, ha alcanzado límites de ruindad y demérito difícilmente superables.

En Euskadi, bajo el manto protector de la maleabilidad posmoderna se ha pasado rápidamente de una defensa abstrusa de la equidad de todas las ideas a la propalación casi instantánea de otra aseveración igualmente inexacta, pero no menos exitosa que la anterior: “todas las opiniones son respetables”, aserción que en las tierras norteñas ha servido para tranquilizar a demasiadas conciencias, para confundir el deseable debate de ideas con una desvergonzada apología del horror y para calmar las inquietudes y las conciencias de quienes tantos altavoces han colocado al servicio de los voceros de los terroristas.

Pretender una paridad radical de todas las ideas y presumir la nobleza de todas las opiniones no solamente supone voltear la gradación de los valores intelectuales, espirituales, éticos y estéticos heredados de la modernidad sino que significa también proporcionar una carta de legitimidad absoluta a quienes, por ejemplo, producen, alimentan y propagan ideas de exterminio, de eliminación, de racismo, de discriminación o de aniquilación, y, además, implica que quienes defienden estas opiniones tienen tanto derecho a ser respetados como quienes desarrollan e impulsan criterios no atentatorios contra el resto de la humanidad.

El relativismo ideológico y cultural que ha segregado el espíritu posmoderno se ha convertido en Euskadi en un cáncer demoledor que permite otorgar a los comunicados de ETA, a las declaraciones públicas de los terroristas, a las argumentaciones de los cómplices de los asesinos y a las arengas de los violentos, la misma validez moral que la llamada a la concordia de un político democrático, que el discurso integrador de un intelectual o que la voz temerosa de un ciudadano amenazado. Cuando una sociedad interioriza que las palabras, las enseñanzas y los hechos de personalidades como Julio Caro Baroja, Agustín Ibarrola o Fernando Savater, por ejemplo, tienen la misma validez que lo que en un determinado momento pueda afirmar el último ideólogo de la banda terrorista ETA, el portavoz de las Juventudes de Herri Batasuna o, incluso, el harrijasotzaile (levantador de piedras) de turno, puede asegurarse que, indefectiblemente, esa sociedad está abocada a ser gobernada y subyugada por los más necios y los más fanáticos del lugar. Y lo que es peor: que será así regida bajo la mirada inmisericorde de los muchos que, al final, terminan considerando que ser víctima o verdugo, agredido o agresor, asesino o asesinado es, simple y llanamente, una cuestión de opiniones.
NOTA: En mi libro "Terrorismo y posmodernidad" (Editorial Tilde, 2005) trato este tema con mayor amplitud.

1 comentario:

  1. El relativismo moral es la última de las ideologías suicidas de Occidente. Comparto con usted la lucha contra esta lacra y le recomiendo todo lo que pueda leer de Giovanni Sartori. Hoy he descubierto su blog y continuaré leyéndole.

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