lunes, 2 de enero de 2006

Re-vista a la izquierda (1ª Parte)

Durante los últimos días han coincidido en los medios de comunicación diversas reflexiones sobre el presente y el futuro de esa izquierda ideológica que desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en Europa principalmente, pero también en Estados Unidos, ha contribuido, más que cualquier otra doctrina política, a la modernización y el progreso de las sociedades dentro de un marco general de redistribución y justicia social.

Es un hecho que, en la actualidad, el pensamiento teórico de izquierdas y las prácticas políticas de corte progresista se encuentran sumidas en un momento de confusión, de retroceso de su base electoral, de pérdida de referentes y, muy especialmente, de indefinición estratégica. Entre las causas de esta desazón y de esta deslocalización ideológica hay que señalar la incapacidad de una parte importante del socialismo europeo para liberarse de antiguos modelos del pasado teñidos aún de férreas y vacuas esencias marxistas. Numerosos ciudadanos europeos que se dicen de izquierdas continúan todavía presos de un discurso de brocha gorda, antiliberal, antidemocrático, anticapitalista y, en esencia, antiprogreso, que observa como sospechosa toda aquella práctica que tenga como único fin el aumento del nivel de vida y del bienestar de los individuos.

Estas gentes que apuestan por sostener sus proyectos políticos aún a costa del empobrecimiento y de la depauperización de los ciudadanos son víctimas de un profundo equívoco ideológico político que voltea el significado de las grandes palabras hasta dejarlas vacías de contenido. De este modo, la izquierda actual entiende, por ejemplo, que el mantenimiento “sine die” por el Estado de estructuras económicas improductivas es sinónimo de redistribución de la riqueza; pretende convencernos de que un vocablo tan apreciado como el del diálogo ha de servir para que sea legítimo y aconsejable entablar conversaciones entre todos tipo de tendencias e ideologías (incluso las que defienden el terrorismo, la violencia o la marginación de extensas capas de la población) y, en fin, quiere hacernos creer que todos los males de este mundo son debidos a las decisiones de los George Bush, Tony Blair o José María Aznar de turno, y nunca a la existencia entre nosotros, cada vez de un modo más organizado, de numerosas fuerzas, de muy diversos orígenes, que entienden que el mal del mundo está en las democracias occidentales capitalistas, y no en los fanatismos religiosos, en los extremismos políticos, en la demagogia racista o xenófoba, en los integrismos intelectuales culturales o en la intransigencia ideológica. Esta izquierda, perfectamente representada en la Unión Europea por los socialistas franceses o por buena parte del PSOE español, tiene su correlato bizarro y más radical en Sudamérica y es la que se agazapa bajo los nombres de Hugo Chávez o Evo Morales.
(www.gonzalez-zorrilla.com)

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