jueves, 12 de enero de 2006

Vascos que apoyan a los verdugos

En las últimas manifestaciones de apoyo a los miembros de Batasuna a los que se juzga por integración en banda armada han estado presentes, además de miles de fieles seguidores del tándem ETA-Batasuna, cientos de afiliados del PNV o de EA, algunos de ellos relativamente conocidos, que no han querido perder su oportunidad de aparecer y de mostrar ante la sociedad vasca, y ante las instituciones españolas, su decisión inquebrantable de posicionarse cariñosamente al lado de quienes durante mucho tiempo han sido parte importante de ETA.

Esta constante, permanente, efectiva y orgullosa alianza entre el nacionalismo vasco institucional y la banda terrorista ETA es la que ha permitido que, cuando ya han transcurrido más de treinta años desde el nacimiento de la organización criminal, ésta aún siga teniendo capacidad para asesinar, fuerza para amordazar a miles de ciudadanos no nacionalistas y, sobre todo, un terrible poder para marcar la agenda política, social y cultural vasca, cuando no también la del resto del país, en base a lo que los demás intuyen, prevén, vislumbran o presumen que van a hacer quienes no tienen otro objetivo que seguir matando para poder seguir viviendo con relativa comodidad de las muchas ganancias que se generan en las aguas bien revueltas de la confrontación, el odio y el desasosiego institucional.
Cuando el mismo Gobierno vasco que jamás ha sido capaz de mostrar una ápice de cercanía con respecto a las víctimas del terrorismo manda “observadores” para vigilar el trato que se proporciona a los proetarras en los tribunales españoles, cuando quienes siempre han mirado hacia otro lado ante el hecho de que la mitad de la sociedad vasca no nacionalista no pueda ejercer en libertad sus derechos más elementales claman de indignación ante la clausura democrática de un medio de comunicación claramente delictivo o cuando quienes haciendo gala de la estulticia más cruel obvian que en Euskadi son miles los hombres y mujeres los que abandonan todos los días sus hogares sin saber si por la noche regresarán a ellos, resulta fácil entender cómo, por encima de cualquier otro elemento ideológico, político o cultural, hay un gran interrogante ético y moral que despejar en el País Vasco: se trata de identificar qué procesos son los que se han puesto en marcha desde hace tantos años para que, en Euskadi, la difuminación del otro, la ausencia de empatía con las víctimas, la carencia absoluta de piedad y la negación del dolor ajeno se hayan extendido entre una parte importante de la sociedad anestesiándola ante la falta generalizada de libertad y adormeciéndola frente al dolor y la muerte de los demás.

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