martes, 17 de enero de 2006

Viendo el final de ‘Expediente X’ (‘X Files’) (2º Parte)

La vida en la Infosfera (ese espacio virtualmente difuso en el que la realidad existe sobre la base de la construcción que de ella hacen los medios de comunicación) produce series como Expediente X. Son elaboraciones audiovisuales que reflejan claramente la desconfianza extrema -casi cínica- que la sociedad actual tiene en cuanto a sus métodos de participación pública (¿dónde queda la legalidad institucional y democrática en la serie?), que destilan un tecnomisticismo muy brillante para paliar la nada espiritual de los tiempos que corren y que, en definitiva, venden eslóganes intelectuales muy acordes con el pensamiento débil de la época que habitamos. Cójase un mundo construido sobre bites y baudios que cuantifican incesantemente la cantidad, la calidad y la rapidez de la información; añádase una comunidad permanentemente hipnotizada por los avances tecnológicos; viértase un buen porcentaje de crisis de valores referenciales; échese unas gotas de tecnoleyendas, de milenarismo, de sospechas permanentes, de complejidad existencial y de desconcierto ético; revuélvase todo ello, y se obtendrá, en forma de bella literatura audiovisual, un cóctel universalmente apreciado que se ha vendido a las televisiones de todo el mundo bajo el eslogan certero de “La verdad está ahí fuera”.
De hecho, resulta evidente que cuando todos estos elementos se combinan en su justa medida se producen resultados espectaculares como Expediente X. Cuando Chris Carter pierde el equilibrio y se encamina por rutas más ariscas y menos "actuales", como ocurrió con su siguiente serie, "Millennium", pero sobre todo con su última producción para la televisión, “Harsh Realm”, los índices de audiencia y el efecto público no son, ni de lejos, los mismos.

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