viernes, 17 de febrero de 2006

Las víctimas del terrorismo como referente ético

Nota: Ver también las dos entradas anteriores
Uno de los elementos que más ha contribuido a que la lacra terrorista se haya perpetuado en el País Vasco y en el resto de España a lo largo de más de treinta años ha sido el hecho de que, durante todo este tiempo, gran parte de la sociedad vasca, ha interiorizado que el recurso al asesinato, al chantaje, a la amenaza o la extorsión, era algo que, aunque reprobable e imposible de compartir, podía ser comprensible dada la existencia de un presunto y falsario “conflicto político” que, al parecer, no podía ser solucionado por vías exclusivamente democráticas.

Perversas razones de interés político nacionalista, falsos progresismos que alimentaban la creencia de que todas las ideas podían ser dichas en libertad (incluso las que exigían más tiros en la nuca) y una asombrosa dejación de las instituciones del Estado en su responsabilidad de hacer cumplir la legalidad democrática, han alimentado esta atrocidad y permitieron la obscenidad suprema de que el punto de vista que primara en Euskadi a la hora de analizar la realidad fuera el de los verdugos, y nunca el de sus víctimas.

De este modo, varias generaciones de ciudadanos vascos y españoles han sabido la vida y milagros de cientos de terroristas, han conocido todo tipo de estrategias "militares" utilizadas por los asesinos para cometer sus desmanes, han visto cómo se convertía en héroes a individuos con decenas de crímenes a sus espaldas y han escuchado cómo, fundamentalmente desde el ámbito nacionalista, se prestaba mucha más atención a un comunicado de la banda terrorista a ETA que, por ejemplo, a los análisis y demandas de muchos intelectuales.

El predominio absoluto de la mirada del verdugo sobre la vida cotidiana del País Vasco ha sido constante y devastador y, aún hoy, continúa siendo una de las grandes lacras contra las que ha de luchar una sociedad demasiado narcotizada frente a la barbarie, ensimismada en su evidente riqueza material y rápidamente dispuesta a olvidar que ante sus omisiones se han cometido algunos de los atentados más graves contra los derechos humanos que se han producido en Europa desde la segunda guerra mundial.
Esta situación bárbara, mantenida en el tiempo, alimentada con entusiasmo y multiplicada exponencialmente por el desinterés de algunos, el desistimiento de otros y el miedo de muchos, ha provocado, por supuesto, la marginación radical y el abandono más absoluto de las víctimas del terrorismo, pero, además, ha dado luz a una geografía fantasmal donde la defensa y la protección de los derechos básicos de las personas ha pasado a considerarse como algo anecdótico que podía someterse a intereses más importantes y espurios, como la presunta construcción de una presunta nación fantasmal.
Frente a la mirada orweliana de los verdugos, que llegó a su grado máximo de expansión con la firma nacionalista del Pacto de Estella, las víctimas del terrorismo, con el convencimiento de que es imposible alcanzar la paz sobre el olvido de lo padecido, sobre la injusticia y la impunidad, se han convertido en el único antídoto válido para superar el cáncer moral que el terrorismo ha extendido por todos los rincones de la sociedad vasca. Y esta ejemplaridad de la voz de las víctimas se asienta sobre varias razones.
En primer lugar, porque las propias víctimas, en condiciones profundamente dramáticas, han dado un ejemplo modélico de respeto al sistema democrático, de lucha por la Justicia, de renuncia a la venganza, de repulsa a cualquier método violento para terminar con ETA y de trabajo firme por mantener la verdad de lo sucedido a pesar de los muchos intentos que en este país se han hecho por manipular tanto las historias particulares de muchos asesinados por ETA como la propia historia colectiva de todos los vascos.

Además, los familiares de las víctimas del terrorismo conocen mejor que nadie toda la atrocidad, el dolor, el drama y las consecuencias que se derivan de cada atentado criminal. Las víctimas acumulan en sus múltiples, ocultas y trágicas historias, toda la infamia que se ha vertido en este país y, por ello, poseen una absoluta autoridad para desmontar despropósitos ideológicos que, aún hoy, tratan de legitimar las mayores aberraciones terroristas.
Finalmente, las víctimas del terrorismo son las únicas que pueden liderar el proceso que lleve a buena parte de la sociedad vasca a observar su punzante y triste realidad desde el punto de vista de quien la sufre y no de quien la provoca, desde la mirada del que muere y no del que mata y desde el prisma de quienes, en muchos casos, han dado lo mejor de sí mismos para defender la libertad de todos.
Sin lugar a dudas, seguirá habiendo voces que clamen por el enmudecimiento de las víctimas del terrorismo, pero, a estas alturas de la infamia vasca, habrá que pensar si estas exigencias de silencio no esconden, en el fondo, un miedo profundo a que la palabra de las víctimas descubra, en última instancia y en toda su rotundidad, el enorme grado de envilecimiento de tantos cómplices comprensivos con el horror como la sociedad vasca ha producido durante tres largas décadas de inclemencia y crueldad.

Nota: Sobre el tema que se trata en este post tengo publicado un libro, “Terrorismo y Posmodernidad” (Editorial Tilde, 2005), y también tengo editado electrónicamente en la red una amplia colección de artículos publicados previamente en la prensa escrita.
Para más información sobre el libro “Terrorismo y posmodernidad”, pueden enlazar
aquí
Para acceder a la colección electrónica de artículos, pueden enlazar aquí
(http://www.gonzalez-zorrilla.com/)

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