miércoles, 22 de febrero de 2006

Manifiesto posmoderno

A estas alturas de la historia hay gentes que comienzan a estar de vuelta de todo lo que un día nos pareció importante. Son seres innovadores y actuales, personas hijas de su tiempo que bullen junto al crepitar del día y que viven a la velocidad del vértigo, pero en su interior, y tras mucho tiempo de luchar contra la nada, ellos saben que algo está cambiando, que ya nada es como antes. Estos náufragos posmodernos han decidido ser los protagonistas de su propio mundo y, como si fueran miembros de una secta de desconocidos entre sí, van dejando su rastro digno, altivo y algo nostálgico allí por donde pasan.

No es difícil distinguirles. Son aquellos seres que vuelven a sentir el auténtico valor de las cosas pequeñas, la pasión por lo hermoso hecho cotidiano y el encanto de los objetos simplemente bellos. Para estos nuevos nómadas que surgen cuando el nuevo milenio acaba de comenzar, nada hay importante que no se encuentre en el arco de lo que alcanzan sus brazos. Abrasados por la violencia, perdidos en un mundo donde todo vale, carentes de agarraderas ideológicas en las que sujetarse, reacios a trepar por encima de todo y de todos y agotados de ver desmoronarse el mundo que un día quisieron cambiar, estos pequeños príncipes se han encerrado en su propio jardín de amores, recuerdos, mitos y fetiches. En ese espacio límpido, alejados de los ruidos integristas, de los gritos de los intolerantes y de los aullidos de los iletrados, leen a Proust, acarician libros viejos, se bañan en aguas transparentes, escuchan a Mozart, se dejan envolver por sedas mientras acarician antigüedades y alcanzan el amanecer devorando charlas, bebiendo champagne y saboreando fresas salvajes.
Este nuevo movimiento es imparable. Todavía son pocos y se reconocen entre ellos por una mirada sosegada, un hablar suave, un gesto mínimo o un gusto exquisito. No lo olvidemos, estos hombres y mujeres tienden a ser la legión invencible de la inmensa minoría. Para estos seres que hablan con los dioses, que niegan la palabra a los burócratas del pensamiento, que ignoran a los mediocres y que abominan de quienes afirman saber que todas las ideas son iguales, el arte es el único compromiso válido que resta en el mundo cuando todo lo demás ha ardido, se ha caído o se ha vendido. Desde su cuerpo anhelante de reposo, asentar los sentimientos en una creación certera es la gracia más sublime a la que puede aspirar el ser humano en este tiempo desordenado de indolentes brazos cruzados y de caos, de magma y de lluvia. Una metáfora exacta, la pintura que contiene una pasión, aquella talla armoniosa o una música que va directa al corazón son auténticos salvavidas para todos los solitarios que sobreviven en esta tierra ardua donde la palabra se ha hecho bramido; la pintura, agresión; la religión, inmundicia; y la música, crujido eterno, infinitamente repetido.
En el Occidente que amanece el siglo XXI algunas personas comienzan, otra vez, a hacer la revolución. En esta ocasión se trata de una rebelión serena y tranquila, labrada con frutas frescas, baños de mar, lecturas de los clásicos, melodías eternas y duras miradas de terciopelo. En el comienzo son unos pocos, con el paso de tiempo serán más y, al final, alguien convertirá Proust en un best-seller. En ese momento, el levantamiento habrá sido sofocado.
(www.gonzalez-zorrilla.com)

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