jueves, 9 de febrero de 2006

Un recuerdo de Julio Caro Baroja

No sé la razón, pero hoy he recordado una anécdota que me ocurrió con el gran antropólogo, etnólogo y excepcional gastrónomo, Julio Caro Baroja.
Una de los primeros artículos que publiqué en prensa, a principios de los años noventa del pasado siglo, se centraba en rebatir las opiniones extremadamente negativas que sobre el medio televisivo había dado el también historiador autor de “Los Vascos” en una entrevista periodística. No lo recuerdo bien, pero Caro Baroja venía a decir que la televisión era una basura y que era mejor no tenerla y que, de tenerla, mejor no encenderla.
Yo, con la fuerza, el convencimiento y la audacia del periodista joven que consigue un espacio en un periódico para contar sus cosas, le indiqué afectuosa, pero rotundamente, a Don Julio que sus opiniones eran absolutamente apocalípticas, reaccionarias, clasistas, antiguas y, desde luego, que estaban absolutamente equivocadas. Publicado el artículo en un periódico de amplia difusión, durante días esperé una reacción del estudioso, espera que aprovechaba para preparar mi artillería argumental para lo que preveía como un largo y apasionado debate en los papeles. Nunca llegó ningún artículo de réplica, ninguna nota aclaratoria ni una simple carta al director rebatiendo mis argumentos. Ni firmada por Julio Caro Baroja ni por nadie de su entorno.
Para mi desilusión, así terminó mi primera entrada en liza en la prensa. Aunque algunos meses después tuve que ir a Itzea, al magnífico caserón familiar que Julio Caro Baroja tenía en un boscoso punto intermedio situado entre Gipuzkoa, Navarra y Francia, a hacerle una entrevista con motivo de la publicación de su libro más reciente. Don Julio era un hombre aparentemente tímido, excelente conversador, buen anfitrión, lúcido, suavemente irónico y rebosante de esa humanidad soterrada que supuran quienes han reflexionado mucho acerca del ser humano y de sus circunstancias. Me atendió con exquisita cortesía y respondió una a una a todas mis preguntas. Al salir, mientras nos despedíamos en el antiguo establo de la vivienda, luego reconvertido en un magnífico porche repleto de excepcionales herramientas artesanas, le pregunté: “Don Julio, ¿qué le pareció mi artículo en el que criticaba algunas de sus opiniones sobre la televisión?”.
Me miró, sonrió y dijo susurrando: “Creo que no lo he leído pero, seguramente, usted tiene toda la razón”.
En Itzea, la chimenea quedaba encendida. Fuera, en Vera de Bidasoa, llovía como solamente lo hace en las tierras del norte.
http://www.gonzalez-zorrilla.com/

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