lunes, 20 de marzo de 2006

Jóvenes alcohólicos en la era del consentimiento

Alguien nos había vendido la idea de que la generación actual de jóvenes era la más preparada de nuestra reciente historia, pero la verdad es que los miles de adolescentes que este fin de semana han participado en la convocatoria múltiple de botellones que se ha realizado en diferentes lugares de España nos han dejado una imagen patética de una juventud dipsómana, egocéntrica y vacía que cuestiona de raíz el futuro de nuestra sociedad.

Los jóvenes que estos días han llenado nuestras calles de vómitos, alcohol y vergüenza no solamente nos han demostrado la quiebra educacional existente en el seno de la familia sino que también han puesto de relieve cómo esta falla global en el sistema educativo se extiende también a los centros de enseñanza secundaria y a la universidad.
Estos chicos y chicas amantes de beber hasta tocar el desconocimiento absoluto o hasta alcanzar el coma etílico han explicado en los medios de comunicación las muchas razones que tienen para empinar el codo en la calle hasta perder la escasa razón que parecen haber alcanzado en ese territorio difuso, turbio y complejo que es la mayoría de edad. Pero, curiosamente, ninguna de ellos, nadie entre los miles de chicos y chicas, ni ninguno de los adultos que intentaban explicar el comportamiento de éstos de las formas más rocambolescas y variopintas, nos ha expuesto la que debería ser la clave de su comportamiento: ¿por qué asocian el consumo obsceno de alcohol con la diversión?, ¿por qué beber hasta la autohumillación es sinónimo de fidelidad generacional?, ¿desde cuándo tragar alcohol hasta la extenuación y la indecencia refuerza los lazos de amistad?.
Que nadie se llame a engaño. Detrás de este comportamiento demencial y patético de nuestros jóvenes beodos aflora la herencia legada por una generación de adultos que se ha empeñado hasta la impudicia en la apología de las bebidas alcohólicas, pero, sobre todo, surge un inmenso colectivo de chicos y chicas carente de referentes éticos, huérfano de ilusiones personales, licenciado de realizar cualquier tipo de esfuerzo, liberado de cualquier obligación y sumido en el desconcierto moral provocado por un perverso relativismo sociocultural que les ha socializado en la creencia de que en todo momento pueden hacer todo aquello que deseen ya que las responsabilidades, los compromisos y los deberes nunca llegarán a serles demandados por nadie.
Esta misma generación de jóvenes que se ahoga en alcohol en las calles de nuestras ciudades produce individuos capaces de asesinar al policía que va a expulsarles de un bar a altas horas de la noche; es la misma generación que está supurando hombres y mujeres aculturizados, económicamente desenvueltos y terroríficamente amorales que graban en sus teléfonos móviles las palizas que propinan a cualquier excluido social o que acosan a sus compañeros más débiles hasta arrojarles al suicidio. En los últimos años, los delitos violentos cometidos por menores de edad han crecido en un 45%, pero no deberíamos extrañarnos de estos datos: esto es lo que ocurre cuando se habita en una sociedad oscurecida por el crepúsculo del deber, diezmada por un fatuo relativismo ideológico y sumida en la anomia social propia de esta siniestra era del consentimiento.

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