viernes, 10 de marzo de 2006

Siriana

Siria, un país que se encuentra ahora en boca de todos tras haber sido introducido por el presidente norteamericano George Bush en el trío de países que conforman el “eje del mal” contra las democracias occidentales (formando terna con Irán y Corea del Norte), refleja perfectamente mis sentimientos hacia el mundo árabe.
Por un lado, me fascina la cultura árabe por su capacidad para el refinamiento, por lo acogedor de sus gentes, por la belleza de sus arquitecturas, por el magnetismo de su idioma, por el sosiego con el que contempla el paso del tiempo y por la sencillez de sus costumbres. Por otra parte, me indigna que la mayor parte de los países árabes, por no decir la totalidad de los mismos, se haya revelado totalmente incapaz de emprender procesos democráticos y modernizadores; me encoleriza que en gran parte de estas sociedades se hayan abierto todas las puertas a los movimientos islamistas más reaccionarios, integristas y fanáticos; me encrespa comprobar cómo los ciudadanos de estos países solamente pueden elegir entre ser representados por un puñado de dictadorzuelos megalómanos o un rebaño de imanes sectarios, extremistas y delirantes. Y, por supuesto, me resulta absolutamente demoledor y vejatorio el trato que en el mundo árabe se da a la mitad de la población femenina, a los homosexuales o a tantas otras minorías que no comulgan con el islamismo más militante.
Decía que Siria es un país que, para mí, resulta ser un compendio perfecto de todas estas contradicciones. Recuerdo con especial añoranza el sosiego extraño y el olor a tabaco aromatizado de los pequeños cafés del barrio cristiano de Damasco, añoro los zocos bulliciosos y elegantes de Aleppo y nunca podré olvidar el paseo que un atardecer de verano di por las fascinantes ruinas de la magnífica y desértica Palmira. Las sencillas norias de Hamma, la irreal Malula en la que todavía se habla el idioma arameo en el que pudo predicar Jesucristo o la impresionante iglesia de San Simeón en Qalaat Seman son otros espacios mágicos que siempre permanecerán en mi memoria.
Pero también recuerdo, desgraciadamente, la opresión política a la que el Partido Baa del presidente sirio Bachar al Asad somete a sus ciudadanos y la fuerza que los integristas islámicos, agazapados en las entrañas del tejido social del país, ejercen sobre los hombres, y especialmente sobre las mujeres, sirios. Tampoco olvido la carencia de libertades, la miseria, el abandono, la falta de higiene y la escasez en la que viven muchos ciudadanos de un país magnífico que, entre el despotismo hereditario y el integrismo religioso, lucha por salir de una Edad Media paralizante, triste y desesperanzadora. ¿Lograrán el islamismo más cruel y antidemocrático, los fantasmagóricos teócratas de largas barbas y espíritus violentos, acabar con la elegancia, la riqueza y la capacidad para producir belleza a través de la ciencia y el arte que hace muchos siglos ya caracterizó al mundo árabe?.

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