viernes, 21 de abril de 2006

ADN para conocer nuestros orígenes

Hay una barandilla cultural que nos enlaza con lo mejor y lo peor de nuestros antepasados.

Ciertamente, todos somos más hijos de nuestra época que de nuestros padres pero no por ello, o precisamente por ello, tenemos una urgente necesidad de conocer nuestro lugar de origen, el comienzo de nuestra estirpe, el momento primal en el que dio sus primeros pasos nuestra línea evolutiva.

Una de las enfermedades más nefastas de nuestra sociedad es la de no escuchar ni prestar la suficiente atención a las personas de más edad. A veces, ni tan siquiera las vemos. Pero, curiosamente, muchos ciudadanos sí que demuestran un gran interés por conocer quiénes fueron sus tatarabuelos, por el color de la piel de sus antecesores más lejanos, por los orígenes geográficos de sus ascendentes o por identificar su linaje primal. Hasta hace unas décadas, la gente se conformaba con encargar a determinadas compañías completos árboles genealógicos que, en el mejor de los casos, se remontaban en una saga familiar hasta la Edad Media. Hoy, los mecanismos para diseccionar nuestros principios se han sofisticado y han comenzado a proliferar, principalmente en Estados Unidos, empresas especializadas en análisis de ADN que están teniendo espléndidas cuentas de resultados con las solicitudes de personas que quieren conocer cuál fue el umbral de su aparición en la tierra y que quieren identificar a algunos de sus precursores más antiguos.
Hace 70.000 años, los primeros homínidos que evolucionaron en África emigraron en cuatro corrientes principales a Asia, Australia y las islas del Pacífico, posteriormente a Europa y finalmente al continente americano. A estas corrientes se las denomina linajes, y de éstos hay cuatro principales: africano, americano, europeo y asiático oriental. Las organizaciones especializadas en descubrir a nuestros ancestros a través del ADN aseguran poder descubrir a qué linaje pertenecemos cada uno de nosotros. Y miles de personas se han gastado ya 200 euros (250 dólares) en conocerlo.
Ciertamente, vivimos en un tiempo que solamente es presente constante y acelerado, y en el que la memoria histórica se ha convertido en una antigualla. Pero, curiosamente, todo queremos conectar con nuestros más remotos antecedentes.
Quizás, porque, en la soledad del caos, necesitamos pertenecer a algo.
www.gonzalez-zorrilla.com

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