miércoles, 19 de abril de 2006

Francia, La France

Tengo para mí que Francia, lugar de nacimiento de la Ilustración, tierra donde la razón conquistó sus primeras victorias en su guerra secular contra el fanatismo y nación de culto laico que tiene por capital a la sin igual París, apostó por caminar hacia el desastre desde el momento primal en el que buena parte de sus ciudadanos, todavía sumidos en las profundidades de la izquierda estalinista de hace varias décadas, elevó a los altares a un terrorista como José Bové, inspirador del atentado contra un Mcdonalds en el que murió una empleada y resultaron heridas varias personas más.

Personajes como este individuo que se ha labrado una leyenda entre la progresía francesa (y europea, todo hay que decirlo), gracias a su defensa férrea de una agricultura medieval y a través de su lucha implacable contra la “invasión cultural norteamericana” simbolizada por las hamburguesas y los perritos calientes que tan bien vendió Andy Warhol, son los que, en buena parte, han llevado al país que durante siglos ha sido adalid de las libertades individuales y de la civilidad entre los pueblos ha convertirse en una caricatura de sí mismo.
Hace algunas décadas, Francia exportaba filósofos, era faro de arquitectos, se lucía como inalcanzable reina de la moda, lideraba las discusiones culturales que se propagaban por el mundo y, sobre todo, era el referente indiscutible de todas aquellas personas que en cualquier lugar del planeta apostaban por la libertad, la creación, la cultura y la belleza. En poco más de medio siglo, la dulce Francia de Monet, de los surrealistas, de Camus, de Sartre, de los cafés y de las mejores universidades del mundo ha pasado a ser el país del no rotundo a la Unión Europea, el lugar donde unos sindicatos todopoderosos y aburguesados son capaces de echar abajo una ley que promueve la contratación de los ciudadanos más jóvenes y el territorio decadente en el que algunas de las instituciones democráticas más antiguas del mundo no son capaces de atajar las corrientes islámicas integristas y fanáticas que han nacido en sus periferias más abandonadas.
Para quienes nos consideramos hijos de la cultura francesa, para quienes siempre reconoceremos algo nuestro en los existencialistas, en la chanson, en “Le Nouvel Observateur”, en las escaleras de un Montmartre invernal o en las avenidas del centro de París que son, sin lugar a dudas, las calles más fascinantes del mundo, mirar a la Francia actual es como observar, detenidamente y paso a paso, el deterioro físico e intelectual de una persona a la que siempre hemos amado. Entre una izquierda claramente reaccionaria y rentista y una derecha instalada en la desorientación, la confusión, el anquilosamiento y la corrupción, la Francia que quisimos se desvanece ante nosotros sin que apenas podamos evitarlo. Y ya ni tan siquiera sabemos si siempre nos quedará París.
Nota: Muy recomendable un reciente artículo de Félix de Azúa sobre este tema. Para leerlo, clicar aquí.

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