miércoles, 26 de abril de 2006

P. D. James


Cada cierto tiempo leo una novela de la octogenaria escritora británica P. D. James. Intento ordenar mis lecturas acorde a su publicación, aproximadamente cada dos años, pero cuando el ritmo narrativo de la creadora del gran detective poeta Adam Dalgliesh se hace demasiado cadencioso no tengo ningún reparo en volver a leer algunas de sus mejores obras.
P. D. James es uno de los pilares fundamentales en la renovación de la novela negra que se produce en los países anglosajones, y también en otros lugares como España, a partir del último cuarto del pasado siglo XX. Heredera en muchos aspectos de la gran Agatha Christie, P. D. James, a sus 85 años de edad, es autora de casi una veintena de historias en las que a la trama criminal se le une una gran capacidad por parte de la escritora para profundizar en sus personajes, para describir sus típicos escenarios londinenses, para presentar al lector complejas situaciones vitales con una veracidad muy poco habitual y, sobre todo, para plantear dilemas éticos que los protagonistas de sus relatos siempre resuelven con el convencimiento de que la verdad y la justicia no son siempre la misma cosa.
En los libros de P. D. James los personajes se mueven por impulsos coherentes, por razones de peso y por estímulos convincentes. No hay lugar en estas historias para actores planos y lacios que solamente actúan como figurines para adornar la trama: los protagonistas de novelas magníficas como “Intrigas o deseos”, “Mortaja para un ruiseñor” o “Sabor a muerte”, por citar solamente algunos de sus mejores títulos, son hombres y mujeres que se mueven en el territorio difuso, y cada vez más extenso, que separa el bien del mal y lo tolerable de lo inaceptable. En este sentido, si hay alguien que siempre triunfa en las novelas de P. D. James es el sistema institucional global que sitúa a la sociedad inglesa en particular, y a la sociedad occidental en general, en el liderazgo del mundo. Adam Dalgliesh, que como otros detectives de papel ha pasado ya al olimpo de los grandes personajes literarios, es el representante de este complejo y riquísimo sistema institucional, de este conjunto de normas, leyes, costumbres, hábitos y rutinas que es perfectamente reflejado por la autora y que, además, no escapa a la ironía, la mordacidad y la crítica de ésta.
En las novelas de P. D. James, los crímenes siembran el horror donde habitualmente reina la belleza serena de la cotidianeidad y rompen de una forma radical el ordenamiento natural de las cosas, pero esta quiebra es narrada con la elegancia y la distinción de quienes saben que, cuando llegue el momento de recomponer la maltrecha normalidad, cosa de la que Adam Dalgliesh se encargará con esmero y tesón, casi siempre habrá de haber un pequeño espacio para la compasión, la piedad y la esperanza.
http://www.gonzalez-zorrilla.com/

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