viernes, 26 de mayo de 2006

Fascistas

Lo que nunca nos contaron del fascismo es que éste, al igual que los comportamientos nacionalsocialistas, iba a extenderse a lo largo de la historia travestido en las más diferentes corrientes ideológico-políticas.
La esencia de las conductas fascistas siempre es la misma (autoritarismo, intolerancia, ultraje a los otros, imposición doctrinal, negación de los derechos civiles, delimitación de las libertades, desprecio de la democracia, predilección por la masa frente al grupo, justificación de la violencia, exaltación de los instintos frente a la preeminencia de la razón, etc), pero lo que muta radicalmente son las diferentes formas que actitudes fanáticas pueden tomar dependiendo del tiempo histórico en el que suceden, del espacio geográfico en el que tienen lugar y, sobre todo, de los intereses de quienes las ponen en marcha.
Es posible afirmar, incluso, que el fascismo ha pasado de ser un extenso movimiento político que llegó a su máximo grado de expansión en la Europa de entreguerras a ser hoy en día una herramienta, un conjunto de comportamientos demenciales, que se ponen en práctica para obtener los más variados y diversos fines.
Durante más de 30 años, y valga como muestra ejemplar la suplantación que comentamos, los ultranacionalistas vascos de ETA-Batasuna, disfrazados de progresismo y ecologismo, se han convertido en auténticos fascistas para intentar alcanzar sus objetivos independentistas y de menoscabo del sistema democrático español. Desde hace algún tiempo, los independentistas de ERC, camuflados bajo el falso paraguas del republicanismo de izquierdas más avanzado, muestran su auténtico rostro fascista boicoteando, por ejemplo, actos intensamente democráticos como los que lleva a cabo la plataforma Ciutadans de Catalunya.
Pero, además de batasunos descerebrados y de seguidores más o menos sectarios de Josep Lluís Carod-Rovira, hay una infinidad de grupos, individuos y organizaciones que, en mayor o menor grado, basan su intervención en la sociedad mediante prácticas claramente fascistas o a través de estrategias muy próximas a esta ideología: el islamismo integrista que coloca una bomba en el metro de Londres, que asesina a Theo Van Gogh o que impone leyes de acero en no pocos países musulmanes del mundo; los jóvenes racistas que apalean a un emigrante hasta la muerte; el cristiano fanatizado que quema ejemplares del “Código da Vinci” en Nueva York; la iglesia católica que rehusa otorgar a las mujeres y a los homosexuales los mismos derechos que sí concede a los curas pederastas que tiene entre sus púlpitos (éstos, a pesar de sus comportamientos repugnantes sí pueden decir misa, pero no una mujer, por el simple hecho de serlo); los jóvenes que en los países más avanzados de occidente realizan clips de vídeo mezclando imágenes del holocausto con fiestas house; y, en definitiva, todos aquellos que, de una forma u otra, atentan contra las libertades más elementales de las personas, sea prohibiéndonos realizar una caricatura, coaccionándonos por escribir unos versos o amenazándonos con la muerte por sentirnos legítimamente orgullosos de nuestras sociedades democráticas y occidentales. Que nadie se llame a engaño, ellos se identifican y, a pesar de que tengan intereses muy alejados entre sí, se reconocen, especialmente, en su odio al sistema democrático y a la civilización occidental. Para muestra un botón: los neonazis alemanes han convocado una manifestación en Leipzig para mostrar su solidaridad con el presidente iraquí Mahmud Ahmadineyad, a quien la ultraderecha germana se sienta unida por la negación que éste hace del Holocausto y por su cuestionamiento permanente del derecho a la existencia de Israel.
Esteban Ibarra, presidente del Movimiento contra la Intolerancia y una de las personas que en España más ha estudiado los diferentes rostros del fascismo, me explicó un día cómo en la base de esta ideología perversa y cruel siempre se encuentra, por encima de todo, el sentir intolerante. Él mismo lo explica excepcionalmente bien con estas palabras: “La dinámica peligrosa y cruel de la intolerancia estriba en que se sabe dónde empieza y no sabemos hasta dónde puede llegar. Alimentada por prejuicios y dogmas que implican superioridad o aseveraciones incuestionables sostenidas como verdades históricas por encima de las opiniones de los ciudadanos, la dinámica infernal de la intolerancia comienza con la estigmatización del otro, la difamación, marginación, privación de derechos y discriminación de su condición de ciudadano, y culmina en el ataque físico, la agresión, el asesinato, la matanza y el exterminio”.
Las soluciones: establecer leyes firmes en defensa de las libertades individuales de los ciudadanos; lograr un efectivo entramado institucional que esté convencido de que los valores representados por las democracias occidentales son éticamente superiores a los promovidos por cualquier otro sistema ideológico, político o religioso que no respete en su integridad los derechos de las personas; educar en la niñez y en la adolescencia para obtener ciudadanos comprometidos y conscientes del privilegio y de la responsabilidad que supone vivir en un régimen de libertades; oponerse radicalmente a cualquier tipo de cesión ideológica, política, social o cultural que quiera realizarse para contentar o calmar a la fiera fascista que, se ponga el disfraz que se ponga, siempre ha de ser aniquilada...
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