lunes, 5 de junio de 2006

Blade Runner, 25 años de un mito. La megalópolis (1ª Parte)

Durante los próximos meses vamos a escuchar hablar bastante de “Blade Runner” (Ridley Scott, 1982), una película mítica para muchos de nosotros que, aunque en su estreno tuvo unos resultados comerciales más bien pobres, con el paso del tiempo se ha convertido en una obra de culto, en una perfecta creación visual de referencia global, cuya influencia se ha dejado sentir en los campos más variados del arte, desde la pintura a la arquitectura, pasando por la publicidad, la televisión, el cómic o en una buena parte del cine que habría de venir después.
El próximo año 2007, “Blade Runner” cumple un cuarto de siglo y para conmemorar este acontecimiento la productora Warner va a editar un dvd con una edición especial de la película, grabación que se acompañará con un reestreno del film en todo el mundo.
La película de Ridley Scott, director también de otros largometrajes magníficos como “Alien, el VIII pasajero” o “Los duelistas”, está protagonizada por Harrison Ford, con treinta años menos, y por unos inolvidables Rutger Hauer, Sean Young, Edward James Olmos, Joanna Cassidy y Daryl Hannah. La historia, basada en la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas”, de Phillip K. Dick, es un relato de ciencia-ficción con intensos tintes de cine negro que transcurre en el año 2019 en Los Angeles, una megaurbe que según va transcurriendo la historia se confirma como una de las protagonistas fundamentales de la película.
En la que sin duda es su gran obra para el cine, Scott nos presenta una megalópolis despedazada e inmensa, oscura, asolada por el ruido, sobrecargada de neones holográficos y permanentemente acogotada por una lluvia ácida que lo empapa absolutamente todo. La geografía urbana en la que se desarrolla la película es un no-espacio, es un lugar diabólico desbordado y purulento donde los edificios más espectaculares del futuro se entremezclan con antiguas y bellísimas construcciones del pasado, como el edificio Bradbury angelino.
En el cosmos fantasmal que es “Blade Runner”, las multitudes visten una moda intemporal, los individuos que pululan por las calles, pertenecientes a cientos de razas diferentes, hablan un inglés-castellano-chino muy especial, los coches voladores se entrecruzan con rudimentarios transportes a caballo y los comerciantes callejeros analizan la calidad de sus productos con sofisticados sistemas informáticos. En este sobrecargado ambiente neogótico, el que más tarde sería también director de películas importantes como “Thelma y Louise” o “Gladiator”, esboza un cuadro de futuro demasiado parecido al presente que ya intuimos. Es “cine contemporáneo”, tal y como lo denominó el propio realizador. La megaurbe, la “Los Angeles” del mañana cercano que se retrata en “Blade Runner” es una ciudad vieja y decadente, pero es también una ciudad infinita coronada con las arquitecturas más espectaculares del mañana y con los desarrollos urbanísticos más innovadores. Caracterizada por la mezcolanza racial, la superpoblación, los problemas de transporte, el desmoronamiento de muchas construcciones y el caos callejero, la metrópoli de pesadilla que es la esencia de “Blade Runner” es un ámbito fluctuante y sin límites, siempre barrido por sombras y contraluces, y siempre desbordado por el contraste atroz entre la pobreza más absoluta y la riqueza más obscena...
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