jueves, 1 de junio de 2006

El auge de la ciencia-ficción

Verán, cuando comento con algunos conocidos mi ya viejo interés por el mundo de la ciencia-ficción las reacciones suelen ser siempre las mismas. Primero, una sonrisa tolerante; luego, un tenue deje de sorpresa y, al final, la broma obligada: "¿platillos volantes, marcianos y monstruos?". De cualquier modo, hace ya mucho tiempo que dejé de intentar explicar lo evidente: que la ciencia-ficción es hoy en día uno de los pocos géneros literarios o cinematográficos con la capacidad suficiente para dibujar la complejidad del mundo actual, para jugar a la noble sapiencia de la prospectiva sin miedo a equivocarse y para tratar novísimas problemáticas en las que hace un puñado de años ni tan siquiera hubiéramos pensado.
La ciencia-ficción son aliens, planetas perdidos, órdenes estelares, viajes en el tiempo y reencarnaciones maravillosas pero, ocultas bajo estos significantes tan atractivos, suelen esconderse también lúcidas reflexiones sobre las pulsiones que mueven a los seres humanos, sobre los pilares que mantienen vivas nuestras sociedades y sobre todo aquello que la ciencia y el pensamiento ofrecen a los hombres y mujeres de este caótico, convulso y fascinante fin de siglo.
Marginada en las librerías generalistas, abandonada en los suplementos literarios de los grandes periódicos y sentenciada a desarrollarse en reductos marginales de voluntariosos iniciados, en un primer análisis puede parecer que la ciencia-ficción continúa siendo hoy en día un subgénero de la gran cultura de masas solamente apto para jóvenes fantasiosos, para adultos frívolos o para lectores carentes de rigor. Pero, si miramos a nuestro alrededor con algo más de detenimiento, observaremos cómo se van produciendo pequeños cambios y sutiles evoluciones de criterio que parecen indicar que la situación poco a poco va cambiando hacia un mayor reconocimiento global de lo que este entrañable género ha aportado al bagaje cultural del ciudadano contemporáneo.
Más allá del éxito masivo que entre el público y la crítica han tenido series como Expediente X o "Perdidos", por encima de las declaraciones de amor que habitualmente hacen al género respetables hombres de letras como Fernando Savater o Ramón de España y dejando a un lado el prestigio alcanzado por autores como Ray Bradbury o Stanislaw Lem, la ciencia-ficción parece salir ahora, tímidamente, de su ostracismo y reclusión. Probablemente, este fenómeno de reconocimiento que comento no es ajeno al ritmo de los desconcertantes avances científicos que nos rodean y al hecho de que, en poco más de una década, occidente se ha quedado sin ningún tipo de referente sobre el que volcar sus esperanzas, sus sueños y sus ilusiones.
Hace diez siglos, el pavor al milenio que se produjo en la primera Edad Media provocó que los hombres miraran a Dios y temieran a los cielos esperando la catástrofe y la destrucción definitiva. Hoy, cuando las sociedades occidentales llevan mucho tiempo viviendo sin deidades, cuando los grandes referentes político-sociales han mostrado sus pilares de barro y cuando solamente los principios económicos parecen regir los destinos del mundo, no es extraño que los humanos volvamos nuevamente los ojos a otros universos, a realidades diferentes y a historias asombrosas que conectan directamente con lo más profundo de nuestros miedos colectivos. Frente al desconcierto ante el porvenir y como antídoto contra un futuro cargado de incógnitas, resulta sumamente absorbente la fuerza de escape, de evasión y de digresión que proporciona la mejor ciencia-ficción como escenario en el que todo, lo mejor y lo peor de los seres humanos, lo más impensable, lo más inimaginable y los más raroextraño, tiene cabida.
Indudablemente, vendrán más extraterrestres, llegarán nuevas sagas galácticas, veremos más paseos por Marte y viajaremos muchas más veces por el tiempo. El actual rostro del mundo, el extraordinario abanico de complejidades colectivas que ya se muestran ante nosotros, necesita de nuevas explicaciones, de análisis diferentes e, incluso, de innovadoras formas de representar la realidad. En este sentido, pienso que sólo la poesía o la ciencia-ficción poseen la capacidad suficiente para comprimir el caos actual en un libro, para especular con habilidad entre las nieblas de un futuro cargado de incógnitas y de revelaciones y, en definitiva, para intentar hurgar en lo más íntimo de esa extraña fuerza que mueve a los hombres y los pueblos a las puertas de un nuevo siglo.
Nunca los reyes de las ficciones científicas tuvieron una tarea tan ingente como la que enfrentan hoy en día. Solamente han de temer verse barridos por el tornado de acontecimientos que habitualmente nos encogen el entendimiento y por el hecho posible de que sus creaciones no superen en fuerza a las de los fenómenos que todos los días produce y vomita la existencia cotidiana. Más allá de lo posible, y por encima de lo que pronto será probable, la ciencia-ficción tiene un inmenso campo por explorar que no se ciñe, exclusivamente, a aventurar cómo serán las naves del futuro, cómo se levantarán nuestras ciudades o cómo será el siempre esperado encuentro con una civilización de otro planeta. La verdadera tarea del género, y su reto más complicado, consiste en construir las metáforas más acertadas para comunicar cómo serán en el futuro las nuevas relaciones entre los hombres del planeta Tierra, cómo serán los próximos repartos del poder, cuándo estallará la miseria que carcome a la mitad de la población mundial, dónde se detendrá el progreso y, en definitiva, cómo haremos todos para ser más felices siendo, a la vez, más humanos.
Para explicar todos estos asuntos, y muchos otros, la ciencia-ficción seguirá recurriendo, sin dudarlo, a todas las convenciones del género. Con una diferencia. Hasta hace poco tiempo, la CF hablaba, generalmente, del futuro que vendrá; hoy sabe que, al mismo tiempo que diseña el futuro que podría ser, éste ya se está construyendo a su alrededor.
Qué quieren que les diga, pienso que los aficionados estamos de suerte. Creo que hasta los que antes me miraban con ojos sospechosos cuando les hablaba de mi vicio secreto, están bajando la barrera. Poco a poco, y a hurtadillas, les oigo hablar de William Gibson, de Scott Card, de Dan Simmons y de Gregory Benford. Algunos hasta han recurrido a Mari Shelley y, por supuesto, todos recuerdan a Dana Scully como uno de los grandes personajes de la cultura popular de nuestros días.
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