lunes, 19 de junio de 2006

Francis Fukuyama

Desde que en 1992 Francis Fukuyama publicara su célebre libro “El fin de la historia”, siempre he pensado que este serio y prolífico intelectual norteamericano no ha sido bien comprendido en Europa. En ocasiones, por pura desconocimiento, otra veces, por la perversión ideológica que atenaza a la progresía europea en estos tiempos en los que resulta más cómodo y más rentable ideológicamente comprender ciertas actitudes de los islamistas radicales que intentar entender algunas de las decisiones de la administración Bush.
La tesis que Fukuyama dio a conocer en su trabajo más popular, bien conocida aunque creo que no siempre demasiado bien entendida, venía a decir, muy sucintamente, que tras la caída del Muro de Berlín y la implosión del bloque comunista que había tenido lugar en las dos últimas décadas del pasado siglo XX, las democracias occidentales capitalistas se habían quedado como único referente político, social y cultural de la historia del mundo. El ideal de progreso había pasado a coincidir con el ideal democrático y este juicio, en mi opinión muy bien visto y argumentado por Fukuyama, no gustó demasiado entre muchos pensadores continentales, especialmente ligados a la izquierda política, que veían en este antiguo consultor del Gobierno a un peligroso derechista, a un entusiasta conservador, a un anticomunista acérrimo o, lo que es peor, a un entusiasta y vehemente neoliberal.
En mi opinión, uno de los pocos errores que puede achacarse a la teoría de Fukuyama es su excesivo optimismo: la consolidación de una democracia global en el planeta sería algo muy loable, pero antes es necesario superar algunos de los grandes conflictos que nos presenta esta centuria que acabamos de inaugurar: el terrorismo global y local, los integrismos religiosos, los fundamentalismos políticos, los nanonacionalismos radicales, los desafíos de la emigración sur-norte, los retos medioambientales y toda la problemática relacionada con el auge de las tecnologías asociadas al ámbito de la vida, son algunos de los grandes problemas del mundo actual.
En este sentido, Francis Fukuyama también lo ha visto así, y en un nuevo epílogo que ha escrito a su obra “El Fin de la Historia”, recoge, analiza y explica su visión sobre algunas de estas cuestiones. A continuación, incluyo un párrafo que me parece trascendental de su nuevo texto:
“(...) Numerosos observadores me han comparado con mi antiguo profesor Samuel Huntington, que expuso una visión muy distinta del desarrollo mundial en su libro El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. En ciertos aspectos, creo que se puede exagerar el grado en que diferimos en cuanto a nuestra interpretación del mundo. Por ejemplo, coincido con él en su idea de que la cultura sigue siendo un componente elemento innegable de las sociedades humanas, y que no se puede comprender el desarrollo y la política sin una referencia a los valores culturales.
Pero existe un aspecto fundamental que nos diferencia. Se trata de la cuestión sobre si los valores y las instituciones desarrollados durante la Ilustración occidental son universales en potencia (como creían Hegel y Marx) o si están limitados a un horizonte cultural (lo cual coincide con las ideas de filósofos posteriores como Friedrich Nietzsche o Martin Heidegger). Sin duda, Huntington considera que no son universales. Aduce que las instituciones políticas con las que estamos familiarizados en Occidente son el producto secundario de un cierto tipo de cultura cristiana de la Europa Occidental, y que nunca echará raíces fuera de los confines de esa cultura.
Así que la pregunta fundamental que se debe responder es si los valores y las instituciones occidentales tienen una importancia universal o representan el éxito temporal de una cultura actualmente hegemónica.
Huntington tiene bastante razón cuando dice que el origen histórico de la moderna democracia laica liberal reside en la cristiandad, lo cual no es una opinión original. Hegel, Tocqueville y Nietzsche, entre muchos otros pensadores, han sostenido que la democracia moderna es una versión laica de la doctrina cristiana de la dignidad universal del hombre, y que ahora se interpreta como una doctrina política no religiosa de los derechos humanos. En mi opinión, no cabe duda de que eso es así desde un punto de vista histórico.
Pero, aunque la democracia liberal moderna tiene su origen en ese terreno cultural en particular, la cuestión es si esas ideas pueden apartarse de esos orígenes particularistas y tener importancia para las personas que viven en culturas no cristianas. El método científico, en el que se sustenta nuestra civilización tecnológica moderna, también apareció por motivos históricos contingentes en cierto momento de la historia de la primera Europa moderna, de acuerdo con las ideas de filósofos como Francis Bacon y René Descartes. Pero una vez se inventó el método científico, se convirtió en una posesión de toda la humanidad, y podía utilizarse independientemente de si se era asiático, africano o indio.
Por tanto, la cuestión es si los principios de libertad e igualdad que percibimos como los cimientos de la democracia liberal poseen una importancia universal similar. Creo que eso es así y, en mi opinión, existe una lógica general de la evolución histórica que explica por qué debería haber cada vez más democracia en todo el mundo a medida que evolucionan nuestras sociedades. No es una forma rígida de determinismo histórico como el marxismo, sino una serie de fuerzas subyacentes que impulsan la evolución social humana de un modo que nos indica que debería haber más democracia al final de este proceso evolutivo que al principio (...)

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