jueves, 15 de junio de 2006

Inmigrantes

Todas las mañanas temprano, utilizando los transportes públicos, tomando un café en el bar de la esquina o andando hacia el trabajo, me cruzo en la calle con algunos de los muchos inmigrantes que durante los últimos años han llegado a mi ciudad como a tantas otras urbes de Europa.
Son hombres y mujeres ecuatorianos, marroquíes, colombianos, peruanos, polacos o rumanos, entre otros muchos, que en su mayor parte desempeñan los trabajos más duros que se ofrecen en nuestra comunidad y que, en general, se asientan en nuestras sociedades con la discreción, la reserva y la mesura de quienes saben que en cualquier momento lo pueden perder absolutamente todo.
Antes de llegar a sus puestos de trabajo, suelo observar a estas personas hablando por teléfono embargados por una tenue emoción, mirando con apacibilidad fotografías que guardan en sus carteras y que siempre reflejan pequeños y oscuros rostros infantiles, o evocando entre ellos los muchos recuerdos que un día no muy lejano dejaron atrás.
Veo a estas personas y entiendo que lo mejor que le ha ocurrido a la sociedad española en los últimos años es la gran avalancha de emigrantes que ha recibido. Frente a quienes reniegan de España por considerarla un país ¿opresor?, frente a quienes son incapaces de valorar los numerosos privilegios de que disfrutamos simplemente por habitar en una sociedad occidental y democrática y frente a quienes no terminan de entender que la libertad y la riqueza no son algo que nos viene dado sino que son valores que es necesario proteger y defender, estos nuevos españoles llegados de otras tierras, muchas veces venidos del otro lado del mar, nos muestran cotidianamente cuántas son las prerrogativas, las ventajas y las dispensas que tenemos por el simple hecho de ser españoles y de pertenecer a ese auténtico y pequeño paraíso en el planeta que es la Unión Europea.
gzorrilla@gmail.com
www.gonzalez-zorrilla.com

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