martes, 20 de junio de 2006

Intelectuales oscurantistas

Brillantemente, afirma Vicente Verdú en su blog que los intelectuales son “una de las fuerzas oscurantistas más silenciadas de nuestro tiempo” y la verdad es que, como siempre, el escritor ilicitano acierta de pleno en su análisis de la situación.
Si hay algo anacrónico, patético e incongruente en nuestra época, caracterizada por la multiplicación de los canales culturales, la multidifusión de los contenidos, la pluralidad de los mensajes, la atomización de las audiencias y por la facilidad de acceso a una red inabarcable de caracteres ideológicos, son esos intelectuales siempre encerrados en su torre marfil y repitiendo permanentemente discursos arcaicos que nada tienen que ver con el espíritu, con el ‘Zeitgeist’ de nuestro tiempo.
Ciertamente, estos intelectuales no son todos igual de peligrosos. Está el intelectual-ayatolá, que quizás es el más dañino, y que está perfectamente representado por esos pensadores integristas presuntamente de izquierdas que siguen defendiendo a Cuba como un modelo convivencial mientras lanzan sus diatribas contra el imperio del mal representado por George Bush o contra la construcción “excesivamente economicista” de la Unión Europea. Estos mismos “expertos” son también quienes se encuentran siempre listos para defender, justificar o comprender a cualquier organización terrorista que aparezca en cualquier lugar del mundo, mientras que demuestran una enorme lentitud (algunos no lo hacen nunca) a la hora de reconocer que solamente los regímenes democráticos y capitalistas han conseguido garantizar la libertad y la seguridad de sus ciudadanos, así como unas condiciones materiales más que suficientes para el desarrollo de éstos.
Dentro de lo que hemos definido como intelectuales-ayatolás también se encuentran no pocos filósofos, sociólogos y estudiosos de materias lo suficientemente raroextrañas para que puedan ser bien subvencionadas por las instituciones públicas. Éstos se han convertido en algo así como en los guardianes de la libertad. Estos sesudos analistas, generalmente muy bien conectados, al igual que los anteriores, con los grandes medios de comunicación, se han autoerigido en defensores supremos de la libertad y, para ello, no dudan en hacer gala de un aberrante relativismo cultural que entiende, cuando no justifica, la mutilación femenina en los barrios africanos de París o Londres o que acepta sin problemas coartar la libertad de expresión para que no se puedan dibujar caricaturas de Mahoma mientras anima con énfasis la publicación de todo tipo de parodias sobre la figura de Jesucristo.
El tercer tipo de intelectual-ayatolá, que no es tan peligroso porque se le identifica rápidamente y se le ve venir de lejos, es aquel que se encuentra absolutamente supeditado a las directrices ideológicas marcadas por una determinada organización (partido político, confesión religiosa, empresa, etc.) y que jamás expresa un pensamiento propio que vaya mínimamente en contra de quien garantiza su existencia y la razón de ser de su discurso.
El último grupo de intelectuales oscurantistas, que es además al que más atención presta Vicente Verdú en el comentario con el que hemos abierto esta entrada, es el intelectual apocalíptico, en la certera y ya antigua definición del mismo que en su momento realizara Umberto Eco. Se trata de esos escritores, artistas y creadores permanentemente alejados de la cultura de masas, tronantes frente a la televisión, fieros ante la informática, montaraces ante cualquier manifestación musical que congregue a más de una docena de espectadores, indomables frente a cualquier forma de popularizar la cultura y especialmente violentos antes quienes tratan de desbancarles de sus tronos siempre bien engrasados con fondos directa o indirectamente públicos. Este tipo de intelectual pretencioso, generalmente inculto, con un pensamiento pútrido de no airearlo lo suficiente y siempre atrincherado en un lenguaje ininteligible que solamente entienden los propios y que utiliza perfectamente como una herramienta excelente para ocultar la nadería de sus contenidos y la incuria de sus reflexiones, es el responsable, por ejemplo, de uno de los grandes dramas de nuestro tiempo: la incapacidad de nuestros niños y adolescentes para acercarse con interés, con empeño, con ganas y con entusiasmo a un buen libro. Estos intelectuales descarriados, integristas de las ideas y de un modelo de belleza ya exánime, han conseguido que no sean pocos los jóvenes que hoy reaccionan negativamente ante la palabra cultura. Son los responsables de una gran tragedia que, quizás, lograremos reparar en parte gracias a Harry Potter y “El código da Vinci”.
gzorrilla@gmail.com
www.gonzalez-zorrilla.com

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