martes, 4 de julio de 2006

Edgar Morin y la “segunda mundialización”

Desde hace muchos años sigo con atención todo lo que dice y escribe el pensador francés, ya octogenario, Edgar Morin. Este filósofo multidisciplinar, heterodoxo, inconformista y siempre dueño de una mirada universalista y novedosa muy estimulante, ha escrito algunos de los libros, más de 40, más interesantes de las últimas décadas y es heredero de los grandes intelectuales galos que inspiraron al mundo a lo largo de la mayor parte del siglo XX.
Autor de títulos como “El hombre y la muerte”, “Introducción al pensamiento complejo” o “Tierra Patria”, Morin es un hombre preocupado por las grandes cuestiones que preocupan al ser humano desde siempre pero, a su vez, es un ciudadano siempre atento y alerta ante todo lo que ocurre a su alrededor.
El pasado domingo, el suplemento “Magazine” del diario “El Mundo”, publicaba una entrevista con Morin en la que el también autor de títulos indispensables como “Mis demonios” o “Pensar Europa” realizaba afirmaciones como que “los nacionalismos étnicos y religiosos son producto del miedo” o en el sentido de que es necesario impulsar una “segunda mundialización”. “La globalización económica”, dice Morin, “ha sido muy cruel, pero ha ido paralela a una mundialización de los derechos humanos, las democracias y una cultura planetaria. Una mundialización humana que no reduzca el mundo a un asunto de mercado. Nuestra paradoja histórica es que Occidente ha sido el sujeto de la dominación, pero también el precursor de las ideas de emancipación: una corriente autocrítica que parte de Bartolomé de las Casas y que llega hasta hoy.”
Por su interés, reproduzco íntegramente la respuesta de Edgar Morin cuando es interrogado sobre cómo poner fin a los nacionalismos étnicos: “Tiene que darse una revolución del pensamiento científico, que en su modo clásico separa las disciplinas del saber y excluye el gran conocimiento. Por otro lado, los nacionalismos étnicos y religiosos son producto del miedo a que la occidentalización destruya la autenticidad y singularidad de las culturas. Cuanto más se extiende la mundialización, más crece la resistencia a conservar la identidad; una resistencia férrea que se asienta en las raíces étnicas y religiosas. Además, gran parte del planeta vive sin perspectiva de futuro, desengañada del progreso, que tiene sus rasgos regresionistas. Si a esta angustia de futuro le unimos un presente malo, la gente se vuelve hacia el pasado en busca de una solución. Y si a todo esto añadimos el fallecimiento de las fórmulas socialistas y de nuestra democracia, y la incapacidad de la economía liberal, el resultado es el resurgimiento de una visión del islam como oposición a la civilización occidental. Esta lucha de civilizaciones, planteada como lucha religiosa, es muy peligrosa”.
gzorrilla@gmail.com
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