jueves, 21 de septiembre de 2006

Ensayo: El mundo tras el 11-S

Actualización: "Nueva York: Diez años después del terror".
 
El siglo XXI comenzó el día 11 de septiembre de 2001. Aquella jornada aciaga que no se nos olvidará jamás a quienes defendemos las sociedades libres, la libertad de pensamiento, la tolerancia religiosa y la igualdad entre los géneros, el terrorismo islamista asesinó a casi 3.000 personas en Nueva York y Washington, destruyó el World Trade Center de la que, a pesar de muchos, aún sigue siendo la auténtica capital del mundo y nos colocó, de repente, ante la constatación cierta de que las hordas bárbaras, utilizando recursos ingentes liberados por las nuevas tecnologías y la globalización económica, se habían marcado como objetivo atacar a las sociedades occidentales en sus principales centros de decisión política, social, económica y cultural.
Desde el primer momento, cuando todavía los dos colosos de acero se mantenían en pie en las pantallas de nuestros televisores, entendimos que aquella era una embestida cruel, cargada de simbolismo y rebosante de aborrecimiento contra nuestra civilización. La elección de las Torres Gemelas como objetivo no fue, obviamente, algo azaroso: aquellos edificios, como tantos otros en otras muchas capitales de Europa o de Estados Unidos, representaban excepcionalmente las ilusiones de Occidente, nuestras querencias más íntimas, nuestros sueños más ocultos, la evidencia de nuestra grandeza y las dimensiones abismales de nuestra debilidad. Que el atentado más brutal tuviera lugar, además, en Nueva York suponía una declaración formal de guerra contra todo lo que representa esa ciudad sobrecargada, extremadamente vital, bulliciosa y extrañamente romántica para quienes amamos, entre otras muchas cosas, la libertad, los hot-dogs, el MOMA, el Lexington Hotel, Central Park o las mejores librerías del mundo.
Es un hecho que los clérigos fanáticos y los árabes integristas que diseñaron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, no solamente querían conseguir miles de víctimas en la primera potencia mundial y en la nación abanderada de la democracia, el capitalismo y el progreso. Además de extender la muerte y el dolor, deseaban también y, quizás, sobre todo, infringir la libertad, romper la tolerancia, quebrantar la democracia y profanar las normas básicas de convivencia que definen a Occidente y que los islamofascistas no pueden soportar, como no pueden tolerar la independencia de una mujer paseando sola por cualquier avenida de París, Roma o Nueva York, el laicismo enriquecedor de nuestras instituciones, la creatividad de nuestros artistas o la autonomía de nuestros ciudadanos.
No estamos en una guerra de civilizaciones, pero tras el 11-S y después de tantos ataques como luego habrían de llegar a Madrid, Londres, Balí, El Cairo y tantos otros lugares, Occidente debe comprender que es necesario prepararse, que debemos entrenarnos con firmeza para defender todo aquello que nos hace ser mejores y que, actualmente, convierte a nuestros países en los más prósperos, en los más libres, en los más equitativos y en los más desarrollados del planeta. Nuestras instituciones no son, ni mucho menos, perfectas, nuestras libertades pueden empañarse de vez en cuando, aún no hemos logrado eliminar la miseria de nuestras calles y sabemos que aún nos resta mucho trabajo en el arduo camino de conseguir las más elevadas cotas de bienestar y de progreso para todos los ciudadanos. Pero, a pesar de todo ello, nuestras sociedades son las únicas que pueden ser capaces de lograrlo. Occidente no está en guerra con el Islam, pero desde el 11-S todos tenemos que ser conscientes de que debemos estar listos para defender nuestra forma de vida, la misma por la que tantos hombres y mujeres han dado su existencia a lo largo de la historia, de esta chusma bárbara que ha llegado con el advenimiento del siglo XXI y que, aunque está encabezada por el islamismo fundamentalista, también está formada por un numeroso elenco de naciones, religiones, organizaciones y fuerzas fanáticas, integristas, terroristas y marcadamente totalitarias que, cabalgando sobre la ola globalizadora, amenazan con expandirse por todo el planeta.
Tras el 11-S urge aprender que nuestra lucha por la libertad habrá de ser para siempre.
Como hemos señalado, los atentados islamistas del 11-S en Nueva York y Washington, y los muchos otros que vendrían después en diferentes lugares del mundo incluyendo Madrid, sirvieron para que los ciudadanos occidentales, hasta entonces cómodamente asentados en un postcapitalismo hiperconformista, narcotizado e ingenuamente dócil, nos encontráramos repentina e insospechadamente ante la obligación de defender nuestras sociedades de un terrorismo integrista, fanatizado, brutal y global que no escatima esfuerzos para atacar a Occidente.
Pero el ocaso del deber y la renuncia a perseverar en el resguardo de los mejores valores de la civilidad moderna se han extendido preocupantemente entre los hombres y mujeres del viejo continente. El escritor italiano Pietro Citati, autor de “Luz de la Noche”, ha descrito perfectamente esta situación: “El mundo europeo del siglo XXI es irreal, teatral, fantasioso, televisivo, espectacular. Ningún occidental sabe ya usar la fuerza. Y cuando recurre a ella, la usa de forma inexperta, torpe, excesiva, o acompañada de tanta cautela, tanto miramiento, tanta excusa y tanta precaución que se vuelve totalmente ineficaz y perjudicial. (...) Para una democracia, defenderse del terrorismo elevado a sistema es muy difícil, casi imposible. (...) Tendremos que renunciar a numerosos placeres: pequeñas libertades, garantías jurídicas, riquezas, ayudas. Durante muchos años, todo estará en peligro. A veces existe la impresión de que muchos no están dispuestos a hacer esos sacrificios y que, para ello, la civilización occidental puede hundirse sin nostalgias. (...) Parece que la paciencia, el valor y la capacidad de aguante se han desvanecido. Mejor conservar la vida, al precio que sea”.
Imposible decirlo con mayor claridad y con más rotundidad. Tiempo después de que un puñado de suicidas islamistas, con el apoyo de una importante caterva de clérigos y multimillonarios árabes, destruyeran el World Trade Centre y terminaran con la vida de más de casi 3.000 personas, apenas hemos avanzado nada en cuanto a la comprensión del tamaño de la amenaza que se nos avecina. Padecemos una absoluta falta de recursos éticos para convencer y para convencernos de que, efectivamente, nuestras sociedades democráticas son muy superiores, desde un punto de vista moral, político, social y cultural, a cualesquiera otras sociedades del planeta. Aún hoy, cuando día tras día observamos cómo la sinrazón, el odio y la barbarie son profusamente jaleados en distintas partes del mundo, y siempre contra Occidente, somos incapaces de entender que los elevados niveles de convivencia y tolerancia que hemos alcanzado en nuestras ciudades están en peligro porque, amparándose en la mundialización de la economía y de la cultura, todos los fanatismos, y especialmente los islamistas, están atracando en las costas de Europa y Estados Unidos.
No sabemos ni somos capaces de imaginar lo que tenemos en juego nosotros y, sobre todo, lo que tendrán en juego nuestros hijos. Todo es relativo, todo es inmaterial y todo es líquido, tal y como explica Zygmunt Bauman. La afición a la mezcla y al pastiche propia de la posmodernidad no se ha circunscrito exclusivamente a los ámbitos de la literatura, el cine o las artes plásticas, sino que se ha transmitido al mundo de lo simbólico dando como resultado una mezcolanza ideológica, un batiburrillo de instrucciones éticas y una mixtura de pensamientos políticos que, al final, se han fusionado en una de las creencias más absurdas y erróneas, pero también más repetida, del espíritu posmoderno: el precepto de que “todas las ideas son igualmente válidas”.
Este certificado de dogmática igualdad que el pensamiento débil otorga a la totalidad de los juicios de valor ha abierto una puerta fatal a la infantilización intelectual de nuestras sociedades, al quebranto del proyecto ilustrado nacido con la Revolución Francesa y a un “todo vale” global que ha alcanzado límites de ruindad y demérito difícilmente superables. Pretender una paridad radical de todas las ideas y presumir la nobleza de todas las opiniones no solamente supone voltear la gradación de los valores intelectuales, espirituales, éticos y estéticos heredados de la modernidad sino que significa también proporcionar una carta de legitimidad absoluta a quienes, como los fanáticos islamistas en Europa o en Estados Unidos, producen, alimentan y propagan proyectos de exterminio, de eliminación, de racismo, de discriminación o de aniquilación, y, además, implica que quienes defienden estas opiniones tienen tanto derecho a ser respetados como quienes desarrollan e impulsan criterios no atentatorios contra el resto de la humanidad.
El relativismo ideológico y cultural que ha segregado el espíritu posmoderno se ha convertido para Occidente en un cáncer demoledor que permite otorgar a las voces de los bárbaros, los crueles, los fanáticos y los irracionales la misma validez moral que la llamada a la concordia de un político democrático, que el discurso integrador de un intelectual o que la voz temerosa de un ciudadano amenazado. Y esto no puede seguir así. Debemos comenzar a ser conscientes de nuestra grandeza, de nuestra historia, de todo lo que hemos conseguido con tanta sangre derramada por tantos de los nuestros. Debemos ser conscientes de que el futuro solamente existirá si somos capaces de defender nuestro presente tal y como nosotros lo queremos, y no como nos lo quieren imponer. En palabras, nuevamente, de Pietro Citati: “La civilización occidental es culpable de muchas cosas, como cualquier civilización humana. Ha violado y destruido continentes y religiones. Pero posee un don que no conoce ninguna otra civilización: el de acoger, desde hace 2.500 años -desde que los orfebres griegos trabajaban para los escitas-, todas las tradiciones, los mitos, las religiones y a casi todos los seres humanos. Los comprende o intenta comprenderlos, aprende de ellos, les enseña, y después, con gran lentitud, modela una nueva creación que es tan occidental como oriental. ¡Cuántas palabras hemos asimilado! ¡Cuántas imágenes hemos admirado! ¡Cuántas personas han adquirido la ciudadanía "romana"! Éste es un don tan grande e incalculable que tal vez valga la pena sacrificarse, pro aris et focis, a cambio del derecho de pasear y ejercer la imaginación ante la catedral de Chartres, en el gran prado de la universidad de Cambridge o entre las columnas salomónicas del palacio real de Granada.”

Discurso íntegro del presidente norteamericano Barack Obama anunciando la muerte del terrorista más buscado del mundo: Osama Bin Laden

1 comentario:

  1. Excelente análisis. Y mejor reportaje. Enhorabuena

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