miércoles, 20 de septiembre de 2006

La libertad también protege al Papa

Creo que la Iglesia Católica en general, y el Papa Benedicto XVI en particular, representan, desde un punto de vista ideológico, algunos de los aspectos más reaccionarios, integristas, cínicos y falsarios de los que cotidianamente asolan nuestra sociedad. Pienso que la marginación de género que la Iglesia Católica conserva con respecto a las mujeres, la discriminación que esta institución dirige contra algunos colectivos sociales (homosexuales), que la radical oposición de Roma a múltiples aspectos de la investigación científica y que, en general, la visión tradicionalista y fuera de tiempo que la curia mantiene sobre nuestras sociedades sitúan a los representantes institucionales de la primera religión del mundo como un auténtico peligro para los valores para mí siempre positivos del laicismo, la democracia y la modernidad. Lo mismo ocurre con el resto de las religiones institucionalizadas, independientemente del número de sus seguidores y de su localización.
Dicho esto, también pienso que las acusaciones y el proceso de criminalización que el Papa Benedicto XVI ha sufrido durante los últimos días por haber citado unas declaraciones en las que se dibuja al Islam como una creencia fundamentalmente expansionista y violenta resulta auténticamente vergonzoso. Ya he señalado antes cuál es mi opinión sobre la Iglesia Católica, pero hay que destacar que, actualmente, la Iglesia Católica es una gran institución global perfectamente adaptada a las exigencias de las sociedades democráticas y libres. El Vaticano, y las Iglesias locales, aceptan diariamente las críticas más feroces que se lanzan a su institución desde múltiples foros y lugares de todo el mundo. Y jamás apela a la violencia ni llama a la aniquilación de todos aquellos que no son católicos o no comulgan con la fe del Sumo Pontífice. No ocurre lo mismo con el Islam que mayoritariamente en el siglo XXI continúa siendo una religión no secularizada, absolutamente irrespetuosa con el laicismo y la democracia, violenta, impositiva y bárbara. El Papa, haciendo gala de su libertad de expresión, tiene el derecho, como cualquier otro ciudadano, a opinar, citar, comentar y afirmar lo que crea más apropiado. Y no se le debe acusar de nada por ello. Por cierto, que resulta realmente escandaloso obsevrar el poco o nulo apoyo que han dirigido al Santo Padre tantos políticos, intelectuales, analistas y personajes públicos de talante presuntamente progresista que, curiosamente, siempre están dispuestos para encontrar explicaciones, exculpaciones y motivos de expiación para los delitos y los crímenes cometidos por el Islam. De verdad, resulta realmente injusto, indecente e impúdico que muchas voces ilustradas europeas aún sigan considerando que la libertad de expresión solamente protege a los terroristas, a los integristas, a los fundamentalistas y a los fascistas, o a los apologetas de éstos, pero nunca a hombres y mujeres a quienes, aunque se sitúen ideológicamente al otro extremo de nuestro pensamiento, son hombres y mujeres buenos.
www.gonzalez-zorrilla.com

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