miércoles, 27 de septiembre de 2006

Tomemos un café

Me encanta el café. Para mí, el aroma de esta bebida está íntimamente ligado a los territorios inexpugnables de la infancia, a los inviernos vividos de niño en los que regresaba aterido a casa y a la figura de mi madre, a quien siempre veo con una taza de buen café colombiano en la mano.
El café está unido a las personas, a las cosas y a los acontecimientos que han sido más importantes en mi vida y, al mismo tiempo, los mocas recién hechos en una buena cafetera italiana, humeantes, intensamente aromáticos y bien calientes, están asociados en mi memoria a múltiples y pequeños momentos vividos con personas amadas, en otras ciudades siempre añoradas y en rincones a los que siempre deseo regresar. No puedo hablar de mis estancias en capitales como París, Nueva York, Venecia o Lisboa sin recordar sus múltiples cafés.
Durante muchos años he sido fumador y conozco perfectamente la adicción que provoca la nicotina. Pero, incluso en las temporadas en las que fui un auténtico prisionero de los cigarrillos, siempre pensé que me resultaría mucho más difícil abandonar mi afición por el café que renunciar definitivamente a las cajetillas de Marlboro. Y así fue. Hace ya casi una década que dejé voluntariamente de fumar pero, hasta hoy, he seguido disfrutando, degustando y amando el café. Hoy, el médico me ha comunicado que debo abandonar rápidamente su ingesta desmesurada por problemas con la tensión arterial. El doctor se ha puesto grave y, únicamente, ha consentido tolerarme la toma de una taza al día. Mientras echo mucho de menos a las demás, me seguiré preguntando: ¿Hay vida antes del primer café del día?
http://www.gonzález-zorrilla.com/

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