miércoles, 21 de febrero de 2007

Relativismo cultural, anomia social e idiotas


“Idiota: Engreído sin fundamento para ello”. Esta definición del Diccionario de la Real Academia Española refleja perfectamente cómo son muchos de los miembros de la nueva generación de protagonistas del mundo de la política, la cultura, de las artes y de la comunicación que han alcanzado su mayoría de edad creadora y profesional en pleno apogeo del relativismo cultural y del pensamiento débil.
La posmodernidad ha acabado por convertir su defensa a ultranza de la máxima elasticidad ideológica en una licuación absoluta de múltiples creencias y valores que no solamente alcanza a los grandes marcos políticos, sociales, culturales, económicos y religiosos que mal o bien sirvieron de guía durante varias décadas, sino que, además, y esto lo auténticamente demoledor para la causa que nos ocupa, disgrega la capacidad de los ciudadanos para defender derechos fundamentales y principios básicos de comportamiento colectivo e, incluso, para percibir la importancia máxima que la protección a ultranza del sistema democrático posee para cualquier colectividad que tenga como único objetivo forjar un país de ciudadanos libres y en paz. En este sentido, si el arte contemporáneo es un ejemplo palmario de cómo “el rey está absolutamente desnudo” y nadie se atreve a denunciarlo, la publicidad, y especialmente la publicidad televisiva, refleja perfectamente el elevado grado de estulticia intelectual, de frivolidad ética, de afeamiento estético y de bobería generalizada que han alcanzado nuestras sociedades impulsadas por un fenómeno colectivo de infantilización de los comportamientos y de las actitudes iniciado con la caída del Muro de Berlín.
Ciertamente, la posmodernidad es, en parte, trasgresión normativa, cuestionamiento permanente de la autoridad, hipermultiplicación referencial, atracción por el espectáculo, futilidad ideológica y desconstrucción de los paradigmas clásicos, pero, principalmente, es un tiempo sin solución de continuidad con épocas pasadas en el que sobrevive, por encima de cualquier otra característica, un importante nivel de anomia social y un proceso catastrófico de banalización del mal.
Desaparecido cualquier modelo ético, inutilizados los arquetipos de organización política de la sociedad y cuestionados los marcos normativos por el mero hecho de serlo, se libera el terreno para la conformación de sociedades en las que las leyes apenas existen o poseen un grado mínimo de cumplimiento y, consecuentemente, se desbroza el camino para el surgimiento en los individuos que forman parte de estas comunidades de comportamientos indolentes con respecto al sufrimiento y al dolor de los demás. Las consecuencias de todo esto: un anuncio de “Dolce & Gabbana” donde, para vender ropa, se recrea una agresión sexual a una mujer; miles de adolescentes que pasan su tiempo libre enviándose vídeos en los que se muestran ataques físicos a sus compañeros más desvalidos; una feria de arte contemporáneo como Arco en la que los visitantes babean ante lienzos que no son más que una pura provocación; un Presidente de Gobierno que considera que un atentado en el que dos personas son asesinadas es una accidente; un Gobierno que desprecia públicamente a las víctimas del terrorismo mientras negocia con los criminales, y un nacionalismo vasco que, representado por uno de sus más majaderos portavoces, calumnia y agrede afirmando que “Ustedes están cómodos con ETA, aunque les asesinen”.
Y no pasa nada.
www.gonzalez-zorrilla.com




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