miércoles, 25 de abril de 2007

Gobierno socialista y anomia política en España

“Hay un límite más allá del cual la tolerancia deja de ser una virtud” escribió el poeta británico Edmund Burke (1729-1797) y, con esta afirmación, el autor de “Reflexiones sobre la Revolución Francesa” no sólo parecía presagiar ya tiempos futuros en los que en Occidente habría de reinar el pensamiento más débil, el relativismo más obsceno y el nihilismo más tosco sino que, además, estaba anunciando la llegada de una muy preocupante élite política y cultural que, al diluir la solidez de los límites éticos más elementales en aras de la máxima transigencia moral, habría de terminar confundiendo a las víctimas con los verdugos y, lo que aún es peor, otorgando a la iniquidad y a la estulticia el mismo valor que al mérito y a la excelencia.

Ciertamente, la existencia de Gobiernos que maceran a su antojo las leyes y que transforman los Estados sobre los que rigen en eriales normativos y en desiertos institucionales no es infrecuente en algunos lugares del mundo, especialmente en las zonas del planeta más depauperadas y más azotadas por la corrupción y la violencia. ero lo que sí resulta novedoso y profundamente preocupante es que España, que actualmente es la octava potencia económica del mundo, haya pasado a convertirse, como consecuencia de las decisiones de un Ejecutivo ideológicamente flácido, intelectualmente exangüe y doctrinalmente inconsistente, en el primer Estado radicalmente anómico de la Europa del siglo XXI. Así las cosas, es posible afirmar que más que por erróneas, imperfectas y fallidas, que también, las estrategias y las decisiones políticas impulsadas por José Luis Rodríguez Zapatero son excepcionalmente delicadas para la nación por su intensa capacidad para socavar los cimientos más sólidos del entramado institucional español y por el poder que han demostrado tener para dinamitar los consensos colectivos más elementales sobre los que descansa nuestra sociedad desde la cada vez más lejana Transición. En este sentido, al entablar una negociación equidistante con la banda terrorista ETA aceptando convertir a los asesinos de hoy en los referentes políticos de mañana, al aliarse estratégicamente con las formaciones nacionalistas más extremistas y totalitarias, al utilizar prácticas indignas de una democracia consolidada para expulsar del juego institucional al principal partido de la oposición o al presionar según sus intereses a los diferentes poderes del Estado haciendo jirones la imprescindible independencia de éstos, los socialistas no solamente están haciendo una virulenta gestión del Gobierno sino que, además, están contribuyendo a convertir la molicie deontológica, el consentimiento indolente y la acracia comportamental en los únicos macrorrelatos sobre los que se asientan la vida pública y la convivencia social.

La izquierda española actual, bañada tardíamente de un espíritu posmoderno frívolo, desarmado, contemporizador y desinteresado de la defensa del sistema democrático y de la salvaguardia de los valores fundamentales que conforman la esencia de la civilización occidental, parece despreciar por decrépitos y obsoletos los modelos éticos sobre los que se levantan nuestras sociedades. Y, como consecuencia de ello, es tal su ignorancia, su desconcierto y su carencia de recursos intelectuales ante los nuevos retos que cotidianamente plantea la época convulsa que habitamos que, cuando se ven necesitados de principios y de referentes, lo único que estos abanderados de la condescendencia son capaces de proponer a los ciudadanos es un engendro ideológico-político como el de la “Alianza de las civilizaciones” o, en su defecto, el regreso a tiempos pasados completamente idealizados y anacrónicos como los que se desprenden de la Ley de Memoria Histórica o como los que supura el pactismo dimisionario y vacuo del Presidente. Pero es que, además, el espacio para la impostura creado por el Gobierno socialista, este territorio infame en el que cualquiera puede defender sin sonrojo una causa y su contraria al mismo tiempo, se ha convertido, como no podía ser de otro modo, en un desierto doctrinal remiso e indócil a la aplicación de las leyes, salvo cuando éstas impelen, como en el más asilvestrado régimen totalitario, a extravagancias intervencionistas que nos recuerdan qué hamburguesas tenemos que comer, qué películas españolas o extranjeras tenemos que ver, qué tipos de productos se pueden publicitar o cuántos hombres y cuántas mujeres tienen que formar parte de las listas electorales o de los consejos de administración de nuestras empresas.

Un Gobierno anómico que negocia políticamente con terroristas, que confunde la apología de la violencia con el derecho a opinar y que convierte gratuita e impunemente el territorio español en un caótico reino de taifas en el que todo puede ser posible conforma una sociedad desarbolada en la que la incesante y premeditada degradación de las normas sociales queda perfectamente reflejada en una utilización vacía, tergiversada e inicua del lenguaje. De hecho, esta manipulación perversa de las palabras y de sus significados, la misma que sacraliza el término diálogo como una panacea casi mística capaz de ocultar todo tipo de indignidades, la que describe los atentados etarras como simples accidentes y la que a fuerza de repetir incesantemente la misma falsedad consigue que ésta se convierta en certeza absoluta en los titulares de todos los periódicos, es también un ejemplo claro del estado de desmantelamiento al que el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero ha arrastrado a la ciudadanía española. Y es que no debemos olvidar que, según el Diccionario, la anomia es también, y esencialmente, un trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre.

En su primera participación en un Debate sobre el estado de la Nación, el Presidente afirmó que el nuestro “es un país que necesita nuevos modelos y nuevas reglas institucionales” y, bajo este principio, el Ejecutivo socialista se ha embarcado en un proceso catastrófico de licuefacción de las leyes y de las instituciones que ataca directamente a lo que, en mi opinión, es la esencia de los estados democráticos más avanzados: la presunción de la convivencia colectiva, la predecibilidad de los comportamientos sociales y la perdurabilidad de las instituciones.

Una nación sólida, homogénea e integrada, en la que los organismos de poder democrático mantienen su firmeza, en la que los códigos se cumplen y en la que los principales actores que gestionan la vida pública actúan según se espera de ellos proporciona a los ciudadanos plena garantía en la protección de sus derechos, máxima confianza en sus construcciones políticas y una elevada seguridad individual levantada sobre la más absoluta previsibilidad del funcionamiento del sistema de convivencia. La grandeza y la superioridad de todo Estado democrático radica, entre otras cosas, en que los hombres y las mujeres que lo conforman, cuando salen cada día de su casa, asientan su existencia y su coexistencia sobre un puñado de certezas elementales como, por ejemplo, que los delincuentes han de ser detenidos y puestos a disposición de las fuerzas de seguridad, que la violencia nunca ha de legitimarse como un método de participación social, que un mismo idioma ha de servir para comunicarse en el territorio común del Estado, que el derecho a una educación pública en condiciones no puede depender de los caprichos legislativos de cada autonomía o que la construcción de las grandes infraestructuras no puede estar sujeta al albur de las decisiones de grupúsculos radicales y extremistas. Que, en definitiva, un psicópata asesino como Iñaki de Juana Chaos no puede ser puesto en semilibertad, que la Justicia para todos no puede depender de los intereses políticos de unos pocos y que no se puede gobernar un país cuestionando grosera y permanentemente todo aquello que permite que sus ciudadanos se sientan, orgullosamente, como tales.

El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, maleable, insustancial y líquido ha roto los pronósticos políticos más sólidos de los ciudadanos y de la democracia española y ha sumido al país en un páramo de tierras movedizas, inestables y caóticas que quienes vivimos en Euskadi desde hace más tiempo del que somos capaces de recordar conocemos a la perfección. Al igual que el nacionalismo vasco lleva haciendo durante décadas, el Ejecutivo socialista, al intentar plegar su agenda sociopolítica a las demandas incongruentes de los terroristas, de los amigos de los terroristas, de los independentistas más ariscos, de la izquierda más huraña y de los sectores sociales más radicales y populistas, ha roto unilateral e irresponsablemente con algunos de los valores más importantes sobre los que se ha asentado la modernidad y el progreso occidental a lo largo de los últimos siglos y nos está abocando a padecer una realidad hedionda en la que los delincuentes son tratados como los líderes del futuro, en la que los demócratas son expulsados al gueto misterioso de la derecha extrema y en la que, en el colmo de las vilezas, las víctimas del terrorismo son consideradas como peligrosos elementos de odio, intolerancia y crispación.

www.gonzalez-zorrilla.com

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