jueves, 10 de mayo de 2007

Musulmanes en España o los límites de la tolerancia


En estos momentos, en mayo de 2007, en España hay más de medio centenar de mezquitas y dos millones de musulmanes viven en el país, especialmente, y además de en Ceuta y Melilla, en diversas zonas de Madrid, Barcelona y en el cinturón sur del mediterráneo. Por principio pienso que la llegada de inmigrantes a cualquier sociedad es algo positivo para la comunidad en general y creo firmemente en que la mezcolanza, el mestizaje, el cruce y los intercambios culturales son, en esencia, profundamente enriquecedores para todos los ciudadanos. Por ello, me congratulo de que multitud de musulmanes crucen nuestras fronteras dispuestos a vivir entre nosotros pero, al mismo tiempo, soy de los que pienso que hay que permanecer vigilantes porque una parte muy importante de estos hombres y mujeres profesan una religión, el Islam, que hasta el momento ha resultado ser radicalmente incompatible con los valores esenciales del mundo occidental.

Muchos musulmanes llegan a España en particular, y a Europa en general, con el objetivo de vivir entre nosotros pero, al mismo tiempo, rechazan la asimilación con nosotros. La finalidad de muchas de estas personas, y no estoy hablando solamente de los cerca de 20.000 integristas islámicos que permanecen agazapados en las principales ciudades del país, es mantener en el interior de los estados democráticos occidentales una serie de costumbres que, en no pocos casos, chocan frontalmente con referentes básicos para nosotros como son el laicismo, la igualdad, la tolerancia ideológica o las libertades individuales.

En este sentido, opino que el multiculturalismo (la teoría sociopolítica que basándose en el más perverso relativismo aboga por el respeto supremo a las tradiciones y usos de las diversas comunidades que conviven en un mismo territorio) solamente ha servido para licuar principios fundamentales de las democracias occidentales, para cuestionar la esencia laica de las instituciones democráticas, para propiciar la aparición en nuestras sociedades de espacios impermeables a la actuación de las leyes y para legitimar comportamientos de ataques y discriminación a las minorías (mujeres, niños, homosexuales, etc) que no pueden ser permitidos ni consentidos en nuestra tradición política y cultural. Ningún presunto respeto a una religión, sea cual sea ésta, puede justificar, exculpar o amparar la marginación de millones de mujeres, los ataques a la libertad de prensa, la exigencia de autocensura a la hora de referirse a ciertos temas espirituales o la imposibilidad de la crítica ideológica.

Por todo esto, creo que es importante que las instituciones democráticas españolas vayan tomando, cuanto antes, las medidas oportunas para que los dos millones de personas en este país que actualmente profesan la religión islámica practiquen sus creencias sin cuestionar, tensionar o superar los valores fundamentales de la democracia y de la libertad individual.

Cada vez es más necesario que el Gobierno español deje de subvencionar la construcción de mezquitas que luego nunca controla y desarrolle una normativa sobre la utilización en los espacios públicos de símbolos religiosos (especialmente, los diferentes tipos de velos islámicos) que, además de atentar contra los derechos fundamentales de muchas mujeres, pueden ser incompatibles con principios elementales de convivencia y seguridad básicos en Occidente.

Del mismo modo, es ineludible que el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero, además de regodearse teóricamente en esa estupidez vacua que es la alianza de civilizaciones, tome las medidas pertinentes para que los centros educativos españoles, que han de ser templos del saber y de la ciencia, no acaben convertidos en supermercados espirituales donde cualquier puede hacer ostentación de símbolos religiosos profundamente reaccionarios e integristas.

Finalmente es urgente ya que los Gobierno de la Unión Europea establezcan claramente cuáles son los límites de la tolerancia en nuestras sociedades y que definan, de una vez por todas y con absoluta rotundidad, que la asimilación de la cultura occidental no es solamente una ventaja para los inmigrantes que se acercan a nuestros países sino que sobre todo y principalmente ha de ser una obligación. Los preceptos, principios y fundamentos como la tolerancia, la libertad, la igualdad, el laicismo y el respeto a las leyes democráticas por los que tantos hombres y mujeres han dado la vida son básicos en nuestras sociedades y no pueden ser cuestionados ni suspendidos por cualquier edicto o mandato religioso, por mucho que éstos vengan avalados por las presuntas palabras de Mahoma, Jesucristo o... los nuevos apologetas de la estupidez creacionista.


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