lunes, 16 de julio de 2007

El Estado democrático fuerte de Nicolas Sarkozy

Recientemente, Nicolas Sarkozy, el nuevo presidente de Francia, ha pronunciado un discurso en el Epinal en el que, además de exponer las razones por las que, en su opinión, deben renovarse las instituciones de la V República, realizó una reflexión muy interesante y particular sobre la importancia de los estados democráticos a comienzos del siglo XXI.

Entre otras cosas, Nicolas Sarkozy señaló que su país no se dirige como se gobiernan Alemania, Reino Unido o España, porque "aunque se puede ser liberal, valorar la iniciativa individual, el mercado, los efectos de la libre competencia y poner la libertad por encima de todo, eso no permite imaginar Francia sin un Estado fuerte". Además. Sarkozy también recalcó su opinión de que el Estado también debe ser “uno e indivisible".

Esta afirmación de Sarkozy contrasta con el discurso melifluo, evanescente y débil que la izquierda política y cultural europea en general, y la izquierda española en particular, mantienen en lo que hace referencia a la defensa del Estado democrático. De hecho, en el caso español, el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero ha vendido la integridad territorial del Estado en unas vergonzosas negociaciones políticas que ha mantenido con la banda terrorista ETA, ha manipulado el poder de las instituciones democráticas para satisfacer sus deseos políticos y, sobre todo, ha despojado al Estado central de gran parte de su poder para alimentar política y económicamente a numerosos reinos taifa surgidos al calor de los nacionalismos periféricos de carácter más totalitario.

Personalmente, y en la línea de Nicolas Sarkozy, que demuestra como la derecha liberal europea se ha convertido en la única defensora de los grandes ideales ilustrados sobre los que se asienta nuestro continente, pienso que en los tiempos actuales solamente la existencia de Estados democráticos fuertes, sólidos, cohesionados, de gran peso internacional, con capacidad de defensa y con posibilidades de ejercer lo que algunos analistas norteamericanos definen como el “poder blando”, nos garantiza a todos los ciudadanos unas perspectivas reales de desarrollo, progreso y bienestar frente al avance imparable de los integrismos religiosas, de los populismos políticos, de los fanatismos demagógicos, de los totalitarismos nacionalistas y de los delirios terroristas.

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