lunes, 27 de agosto de 2007

El pintor Anselm Kiefer esboza el alma del hombre contemporáneo

Acabo de visitar en el Museo Guggenheim de Bilbao, pocos días antes de que finalice, la exposición antológica de obras realizadas por el pintor alemán Anselm Kiefer (Donaueschingen, 1945) a lo largo de los últimos diez años.
La muestra, como todas las protagonizadas por este artista, resulta espectacular y fascinante y arrastra al espectador a pasear por territorios intelectuales y estéticos escasamente transitados. La pintura matérica, espesa y poderosa de Kiefer, atravesada por las texturas tan particulares y mágicas que ofrecen los elementos minerales con los que este creador también trabaja, crea paisajes extrañamente seductores e intensamente indagadores que sorprenden por la capacidad que tienen para permanecer indelebles en el recuerdo de todo aquel que los contempla.
A pesar de que en los años ochenta del pasado siglo los críticos encasillaron la pintura de Kiefer dentro de ese pozo sin fondo estético que fue el neoexpresionismo norteamericano, el autor siempre se ha negado a formar parte de cualquier corriente artística y, de hecho, su mirada plástica abarca las más variadas tendencias y responde a los argumentos más diversos. En la exposición que todavía puede contemplarse en el magnífico Guggenheim bilbaíno, las obras gigantescas de Anselm Kiefer, inspiradas en elementos tan dispares como la Biblia, las cartas astrales de la NASA, la cábala judía o las más diversas construcciones literarias sobre la guerra (Clausewich), reflexionan y profundizan en los grandes temas universales que conmueven desde siempre a la humanidad: la religiosidad, la historia, el futuro o la mente humana, siempre aderezados con el extraordinario magnetismo de los más extraordinarios mitos y de los simbolismos más ocultos. Efectivamente, y tal y como se señala en la introducción a esta muestra, “el arte de Kiefer reflexiona sobre la civilización global y sobre la fe, y nos alerta sobre la repetición cíclica de la historia, al tiempo que analiza y trata las experiencias y cargas de la condición humana” , pero, en mi opinión, lo que de verdad busca el que probablemente es uno de los más grandes artistas de nuestro tiempo es mostrarnos, descarnadamente, lo que surge allí donde la ciencia, la técnica y el progreso no llegan. Kiefer intuye como pocos, y así lo refleja en sus obras, el material del que está hecho el espíritu de los hombres de nuestro tiempo. Y esa es su grandeza.

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