viernes, 14 de septiembre de 2007

Editorial: España, democracia, musulmanes e islamismo

En España hay más de dos millones de musulmanes que practican la religión islámica y las fuerzas de seguridad calculan en 10.000 el número de jóvenes islamistas que actualmente podrían estar educándose en las corrientes más fanáticas y extremas de su religión a través, especialmente, de algunas mezquitas. Las mismas mezquitas que el Gobierno español sigue subvencionando con alegría desmedida bajo la errónea creencia de que “así controlamos lo que hacen”. Además, los expertos policiales conocen perfectamente cómo la relajación de las leyes en España está sirviendo para que combatientes islamistas provenientes de Afganistán e Irak utilicen nuestro país como territorio de descanso, de formación y de espera de nuevas órdenes. Al mismo tiempo, más del 30% de los soldados que nuestro país mantiene en Ceuta y Melilla son musulmanes y, de hecho, algunos de ellos son los responsables directos de los polvorines de sus respectivas bases. Los soldados musulmanes explican que, para ellos, seguir a Alá y a España no es incompatible, aunque otros militares que no profesan esta religión afirman, sin embargo, que hay una gran desconfianza con ellos. Mientras tanto, a lo largo y ancho del país, y como ya ha sucedido en otros lugares de Europa como Francia, Gran Bretaña, Holanda o los Países Nórdicos, en las que las estrategias multiculturalistas se han demostrado absolutamente fallidas, estamos observando cómo la penetración islámica cada vez es mayor en las escuelas, en las universidades, en los centros de trabajo y en las organizaciones vecinales. De hecho, si los musulmanes españoles fundaran hoy un partido político en España, esta fuerza podría alcanzar, sin grandes dificultades, la cuarta posición en el Parlamento nacional.

Desde este Blog siempre hemos mostrado nuestra más firme posición a favor de la inmigración. Creemos que las corrientes migratorias son sustancialmente enriquecedoras, desde un punto de vista social, cultural y económico, para el país que las recibe pero, con la misma firmeza, somos absolutamente partidarios de que los principios básicos de nuestra democracia, que son los elementos fundamentales sobre los que se asientan nuestras sociedades occidentales, deben ser, hoy más que nunca, sólidamente protegidos. El derecho a la libertad de expresión para permitir, entre otras cosas, el análisis, la reflexión y la crítica de las creencias religiosas; la igualdad de derechos entre todos los ciudadanos, especialmente entre hombres y mujeres; la no discriminación de las minorías existentes en nuestra sociedad, especialmente las que lo son por su opción sexual; y, por supuesto, la defensa a ultranza de la laicidad del Estado y de la educación que éste proporciona de forma gratuita y universal. Actualmente, el mundo musulmán, salvo honrosas excepciones siempre individuales, no admite ninguno de estos pilares fundamentales de nuestra convivencia y, en casos extremos pero no escasos, los movimientos islamistas tienden a actuar contra las bases más inamovibles de nuestra sociedad a través de prácticas terroristas. Debemos permanecer atentos, firmes, vigilantes e inamovibles en la defensa de nuestros fundamentos sociales. Ni la democracia española en particular, ni las sociedades occidentales en general, pueden permitirse, una vez más, ser pusilánimes, temerosas y timoratas en la protección de sus valores.

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