lunes, 24 de septiembre de 2007

La cultura del esfuerzo de Nicolás Sarkozy

Recientemente, en una comparecencia televisiva, el presidente francés Nicolás Sarkozy ha pedido a sus conciudadanos que se conviertan a la “cultura del esfuerzo”, transmitiéndoles la necesidad de emprender una serie de reformas (régimen de la función pública, limitación de las 35 horas laborables, control de la inmigración, etc) que, aunque difíciles, en su opinión, resultan esenciales para “solucionar los problemas de Francia”. La verdad es que, con Nicolás Sarkozy, no resulta difícil discrepar de algunas cosas pero, en estos momentos, creo que es, junto con Angela Merkel, presidenta de Alemania, uno de los pocos políticos en la Unión Europea que tratan de realizar su trabajo sin estar continuamente supeditados al listado de “causas políticamente correctas” que durante los últimos años ha atenazado y paralizado a la UE.

Ciertamente, es un gran acierto, y tiene no poco mérito, apelar a la “cultura del esfuerzo” en una sociedad europea profundamente infantilizada por una izquierda arcaizante que aún piensa que utilizar expresiones como “crear empresa” o aumentar la competitividad remite a los más “fieros” capitalismos. Tiene un valor excepcional apelar públicamente a la superación personal en medio de un pozo relativista que tiende a igualar a hombres y mujeres en la mediocridad y que, por principio, desprecia la excelencia de los individuos. Es un auténtico acto de fe que el presidente de uno de los principales gobiernos europeos aparezca en televisión anunciando que va a recortar privilegios históricamente disfrutados por algunos ciudadanos, ya que en la mayor parte de los países europeos todavía se encuentra muy extendida la idea de que las prerrogativas, los derechos y las dispensas son algo que cae gratuitamente del cielo y que perviven entre nosotros de forma natural. Y, en fin, resulta de verdad estimulante que alguien afirme, con convicción, que los ciudadanos occidentales debemos pugnar y batallar todos los días para mantener los elevados niveles de bienestar, desarrollo y prosperidad que han colocado a nuestras naciones y a nuestros sistemas democráticos de convivencia a la vanguardia de la historia.

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