martes, 16 de octubre de 2007

Contra el fanatismo y la irracionalidad

Vivimos en un territorio devastado por la vacuidad de los referentes y en un tiempo de absoluto desconcierto en el que, derrotados por el todo vale cultural, vapuleados por una absoluta carencia de modelos éticos y conquistados por la más cruel de las apatías intelectuales, parece que todos los proyectos han de ser similarmente legítimos, que todas las opiniones deben ser igualmente válidas y que todas las ideologías pueden ser defendidas en igualdad de condiciones.

Hoy, cuando parece ser exactamente lo mismo defender una cosa que su contraria, cuando una comprensión necia de la tolerancia nos obliga a igualar a las víctimas con sus verdugos y cuando la imposición políticamente correcta de una moral lacia y desmayada arrastra a Occidente a una rendición obscena y dramática frente a las hordas del fanatismo y la sinrazón, es cuando ha llegado ya el momento de reafirmarnos pública e insistentemente en los valores fundamentales que cimientan nuestro sistema de convivencia y que, pese a quien pese y a pesar de todos los pesares, han convertido a nuestras sociedades en referencia global de desarrollo, progreso y bienestar.

Aleteando en la necia ingravidez de la tolerancia extrema y braceando engreídos en los mares escabrosos de la moral más blanda y acomodaticia, la práctica totalidad de los pensamientos, las certezas, las creencias y los comportamientos parecen tener la misma capacidad ejemplarizante y referencial. De este modo, el origen de la vida puede ser explicado de igual manera a través del evolucionismo que del creacionismo, vestir una prenda símbolo de una religión totalitaria y represiva resulta tan legítimo como portar la toga de un científico, y pertenecer a una cultura secularizada, democrática y laica se valora de modo a idéntico a ser portador de tradiciones preilustradas hijas de la sinrazón, el fanatismo y la intransigencia. En esta época de griterío ideológico, de confusión intelectual, de abotargamiento de las ideas y de exaltación de lo irracional parece que todo tiene legitimidad para ser tenido en consideración, pero debemos decir muy alto y muy claro que, a pesar de las teorías multiculturales al uso, ni todas las opiniones son honorables, ni todas las creencias son igualmente válidas, ni todas las religiones deben ser igualmente respetadas, ni todas las aseveraciones han de ser admitidas por el simple hecho de que puedan ser declamadas.
De este modo, y a pesar de lo que afirmen integristas religiosos, curanderos, chamanes y brujas, a la hora de diagnosticar una enfermedad siempre será más válida la opinión de un médico que la de un hechicero, así como llegado el momento de estudiar la naturaleza que nos rodea y de la que formamos parte siempre será mejor recurrir a la ciencia y la filosofía y no a la religión, a la superstición o a la nigromancia La ciencia es superior al rezo de un sacerdote o a la magia de un hechicero porque la primera demuestra empíricamente sus conclusiones, mientras que los clérigos, los predicadores o los integristas religiosos solamente aportan su convencimiento y su certidumbre personal en que las cosas suceden como ellos creen y desean que ocurran.

Nuestros valores se encuentran íntimamente ligados con la protección suprema de los derechos humanos, con el ejercicio de la libertad religiosa en Estados laicos, con la defensa de la democracia como herramienta de convivencia política y con el convencimiento inamovible de que somos los individuos, los ciudadanos, quienes únicamente disfrutamos de derechos y deberes. En este sentido, no son dignos los credos que llaman al racismo, a la violencia o la destrucción, los que creen poder situarse por encima de los derechos elementales de las personas o los que abogan por emplear el terror para imponer sus credenciales irracionales y fanáticas. Ciertamente, vivimos en un tecnoplaneta donde cada vez con más fuerza actúan las fuerzas de la sinrazón, del fanatismo, de la oscuridad y de la anomia educativa e intelectual, pero ello no debe llevarnos a la confusión y a enmarañar la realidad con los ensueños, a mezclar la historia con los mitos o a enredar la ciencia con la magia. Y es que, al final, siempre debemos recordar lo que el filósofo alemán Friedrich Nietzsche escribió en la temprana fecha de 1888: “Si lo que se necesita en resumidas cuentas y ante todo es fe, de esta manera hay que desacreditar la razón, el conocimiento, la investigación: el camino a la verdad se convierte en el camino prohibido”.

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