lunes, 5 de noviembre de 2007

La ética blanda y el pensamiento débil hunden a la Unión Europea

Cuando una sociedad no sabe defender sus valores fundamentales e, incluso, se avergüenza de ellos, es que se haya sumida ya en una crisis profunda y estructural de la que difícilmente saldrá indemne.

Desde hace varios años, Europa en general, y la Unión Europea en general, se haya sumida en un estado de necedad permanente que en su momento le llevó a jugar un papel históricamente vergonzoso por su incapacidad para detener la guerra que estalló en la antigua Yugoslavia en los primeros años de la última década del pasado siglo y que, con el paso del tiempo, se ha ido extendiendo e intensificando gradualmente. Así, la falta de una reacción fuerte por parte de Europa ante los atentados islamistas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington; la absoluta inoperancia de las instituciones comunitarias para poner en marcha una política común de lucha antiterrorista, especialmente frente a la violencia yihadista; la ineptitud de los gobiernos europeos para poner límites firmes a las oleadas de irracionalismo que cada vez en mayor medida vienen de la mano de las corrientes religiosas más fundamentalistas y globalizadas; la nula capacidad de la UE para llevar adelante una política exterior europea que sea firme, coherente y activa; la persistencia en Europa de un antijudaísmo larvado pero hondamente persistente que aparece cíclicamente y que en los últimos años ha impulsado a las principales instituciones europeas a jugar un pusilánime papel propalestino en el conflicto árabe-israelí; y, en fin, el espectáculo pusilánime, medroso y timorato que está dando la UE a la hora de tomar decisiones para impedir que un régimen bárbaro, salvaje, disparatado y totalitario como el de Mahmud Ahmadineyad en Irán se haga con la bomba atómica, son algunos de los ejemplos, hay muchos más, de la inoperancia, el estancamiento y la inutilidad de Europa como referente de liderazgo y civilidad para el mundo.

Entre las principales causas que han provocado esta situación, podríamos identificar, fundamentalmente, tres: el desarme ético que ha provocado en los ciudadanos europeos varias décadas de ética blanda en la que “todo vale” y en la que “todas las opiniones son iguales”; el hecho de que los principales países de la UE hayan protegido insistentemente un multiculturalismo ignorante que sitúa en igualdad de condiciones los valores morales característicos de Occidente con los principios doctrinales defendidos por otras culturas que en el siglo XXI continúan quebrando derechos fundamentales de las personas; y, en fin, el auge en Europa de un pensamiento débil, melifluo y borroso que cree ser merecedor de todos los derechos derivados de una convivencia en democracia y en libertad pero que, por el contrario, carece de convencimiento y de voluntad para proteger estos principios de los muchos enemigos doctrinales que les acechan.

Hace algunas semanas, el presidente francés Nicolás Sarkozy, que se está convirtiendo junto a la presidenta alemana, Angela Merkel, en la principal esperanza para el surgimiento de una nueva Europa más comprometida, más sólida, más convencida de los valores que representa, más eficaz, más firme en la defensa de sus creencias y, sobre todo, más dispuesta a trabajar, a tomar decisiones, a actuar y formar parte de los territorios directores del concierto internacional, hablaba de la urgente necesidad que existe de “recuperar la ética del esfuerzo”. En estos momentos, probablemente sea ésta la única posibilidad que le queda al viejo continente: la de asumir, de una vez por todas, que la democracia, las libertades, los derechos fundamentales, y el progreso, el desarrollo y el bienestar de los ciudadanos, no son algo que caíga diaria y gratuitamente del cielo sino que son valores que por los que todos los días hay que trabajar, esforzarse y combatir.

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