lunes, 26 de noviembre de 2007

La ética apática que veta a Epi y Blas

En este Blog hemos denunciado en numerosas ocasiones que uno de los principales problemas que ha de enfrentar Occidente es el de luchar contra la asunción por parte de los ciudadanos de unos principios éticos melifluos, indolentes y apáticos que, basados en una moral dulce y apaciguada, tienden a situar la corrección política en la cúspide de nuestros modelos colectivos de comportamiento.

Esta forma de actuar, que no es ajena a la pérdida absoluta de referentes en la que viven nuestras sociedades, que bebe directamente de una carencia rotunda de valores y que se asienta sobre el principio falsamente progresista de que “todas las ideas son igualmente válidas”, lleva a cometer estupideces grandes y solemnes como la puesta en marcha de una deífica alianza de civilizaciones o simplezas más pequeñas y más cotidianas, pero no menos solemnes, como la de declarar que Tintín es un racista (que ya comentamos en su día en esta bitácora) o, la más reciente, que trata de censurar a dos personajes tan entrañables como Epi y Blas. Al parecer, en Estados Unidos, los dvd’s de la primera temporada de “Barrio Sésamo” han sido calificados como para “mayores de 18 años”, ya que las autoridades consideran que muestran situaciones nocivas para los niños. ¿Por qué?. Porque viven en un ambiente muy desastrado o porque Triqui devora excesivas galletas...

Pero lo explica mucho mejor José Javier Esparza, un excelente analista de la cultura contemporánea y un magnífico crítico televisivo, que señala que “hay un fundamentalismo religioso que consiste en ver pecado donde sólo hay vida y que, traducido a lo político, consiste en convertir el pecado en delito perseguible por ley. Del mismo modo, estamos hoy ante un fundamentalismo laico cuyo método no es esencialmente diferente al del anterior: se fabrica una definición ideológica del mundo, se proyecta sobre el conjunto de la sociedad (niños incluidos), se declara anatema cualquier realidad que escape a ese molde, se aplica a la vida cotidiana y, después, se transforma en ley la persecución del pecado. En este nuevo molde, el tabaquismo, la obesidad o la desconfianza hacia la inmigración han ocupado el lugar del adulterio, la sodomía o la blasfemia. Todo se confunde con todo y así siempre hay algún motivo para penalizar cualquier cosa. Se crea un discurso de corrección política donde el racismo es una falta tan grave como la apología del vino, donde el colesterol es un peligro tan serio como la violencia contra las mujeres.”. Y añade Esparza: “Un muñeco que come galletas obsesivamente merece la misma reprobación moral que una violación; en la tele, ambas cosas se calificarán para mayores de 18 años. La pena, ciertamente, no será la misma en cada caso: el violador ingresará en prisión, donde dispondrá de asistencia psicológica, mientras que el apologista de las galletas será, simplemente, objeto de denigración pública, aunque quizá deba recurrir a un psicólogo como el del anterior. Todo esto es de una desmesura ridícula. Lo que hacía intolerable al puritanismo religioso no era la religión, sino la represión; del mismo modo, lo que hace inaguantable a este puritanismo laico no son los valores que dice defender, sino el carácter entre paranoico y policial con que los persigue. Pobres Epi y Blas. Pobres de nosotros, también.”


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