martes, 22 de enero de 2008

El Michel’s pub de Nueva York


“Cuando uno de los bares de tu vida cierra es como si te cerrasen para siempre una de las habitaciones de tu casa. Diría más: es como si cerrasen tu propia casa, como si fueras testigo del derribo del edificio donde han crecido tus cuitas, tus pendencias, tus horas perdidas, tus minutos ganados, tus tardes en blanco, tus noches de vino, tus mañanas de aceite y cafeína (...).”

He leído este pequeño párrafo de un reciente artículo de Carlos Herrera y he recordado cuando, estando en Nueva York, descubrí que habían cerrado el mítico Michael’s Pub de esta ciudad. Para mí, este bar no era solamente el lugar casi mágico en el que podían beberse los mejores gin tonics del mundo mientras -los lunes- se escuchaba en directo a Woody Allen tocando el clarinete, sino que, sobre todo, era un lugar prodigioso en el que, de un modo extraño, aún podía sentirse el latir del Nueva York de los años cincuenta. Su madera añeja, la escasez de su iluminación amarrillenta, la elegancia decadente de sus muebles, los gestos antiguos de los camareros y, sobre todo, la sensación de calidez que proporcionaba aquel lugar lleno de humo y de música de jazz, lo convertían en un auténtico museo de lo mejor del siglo XX. Desde que estuve allí por primera vez y lo abandoné a altas horas de la madrugada al mismo tiempo que salía el último de los barman y entraba el personal de la limpieza, supe que allí siempre tendría un refugio. Mi escondrijo neoyorquinoo preferido cerró en 1997. Hoy Woody Allen toca -los lunes- en el Hotel Carlyle (ver vídeo) pero, para mí, ya no es lo mismo.



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