martes, 8 de enero de 2008

Recordando a Ramón Carnicer

El último día de 2007 fue incinerado en Barcelona el escritor, periodista, filólogo y profesor universitario leonés Ramón Carnicer (en la fotografía), uno de los últimos narradores españoles que pertenecían a esa estirpe de ilustres humanistas igualmente capaces de interpretar con lucidez un gran texto clásico o de escribir brillantes cuentos, novelas y crónicas de viaje.

Carnicer, que nació en Villafranca del Bierzo (León) en 1912, estudió Filología y, en 1943, se convirtió en profesor universitario. Diez años más tarde se casaría con la también filóloga irlandesa Doireann MacDermott (autora, dicho sea de paso, de una magnífica biografía del escritor Aldoux Huxley), mientras seguía profundizando en una tarea literaria ingente que, al final de su vida, se saldó con un total de 25 libros (cuentos, ensayos, reportajes, etc.) y cientos de artículos publicados en periódicos y revistas de todo el mundo.

Una de sus obras más conocida fue “Donde las Hurdes se llaman Cabrera”, de 1964, en la que plasmaba los sentimientos y las reflexiones que le había suscitado un reciente viaje a esta comarca salmantina. Entre sus trabajos más destacados se encuentran títulos como “Las personas y las cosas”, “Ligeramente humano”, “Todas las noches amanece” o “Friso menor”.

Personalmente, yo siempre recordaré a Ramón Carnicer por un libro excepcional con un título horrible, “Nueva York: nivel de vida / nivel de muerte”, en el que recreaba de manera excepcional esta ciudad norteamericana que él había conocido tras una larga estancia en la misma como profesor universitario. Esta gran crónica de Nueva York, editada en 1970 por la hoy ya desaparecida Editorial Taber, fue uno de mis primeros contactos con la gran metrópoli estadounidense y tengo que decir que, aún hoy, cuando Nueva York se ha convertido en uno de mis más poderosos referentes culturales y cuando he visitado esta urbe en varias ocasiones, el libro de Carnicer continúa siendo para mí una referencia indispensable. Más allá de la información que proporcionaba en el mismo, lógicamente ya superada por el paso del tiempo, en esta gran crónica neoyorquina, Ramón Carnicer lograba captar el pulso, el espíritu y el carácter de la gran ciudad como, en mi opinión, pocos lo han hecho hasta el momento. Siempre lo recordaré por ese magnífico libro.

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