miércoles, 23 de abril de 2008

Gregor Schneider o cuando el arte contemporáneo es un cadáver



Ya lo hemos señalado alguna vez en este Blog. No hay que dejarse vencer por los complejos intelectuales y, por ello, hay que decir, con absoluta rotundidad y sin humillarnos ante la pujanza denigrante del relativismo cultural que nos inunda, que algunas de las “obras” por las que más dinero se ha pagado en los mercados internacionales del arte son poco más que un montón de basura apelotonado en una sala de exposiciones; que algunos de los grandes “artistas” que protagonizan los gigantescos escaparates pictóricos de Occidente y Asia son solamente unos cuantos imbéciles arropados por una tropa de falsos adoradores provenientes de los medios de comunicación; y que, en definitiva, el arte contemporáneo está viviendo una larga y dramática agonía a la que no es ajena la influencia de la ligereza del pensamiento débil, la futilidad posmoderna y la vacuidad ideológica que nos atenaza.

Hablando de agonías. Un artista alemán quiere exponer a un moribundo. Gregor Schneider, que así se llama este gilipollas flamante y vergonzoso ganador de la Bienal de Venecia en 2001, dice que, de esta forma, busca “remover conciencias” y “romper el último tabú occidental”. Por si todo esto fuera poco, y como demostración palpable de la paranoia, el iluminismo y los delirios de grandeza que ahoga a muchos de los más “brillantes” artistas de nuestro tiempo, este descerebrado, el artista, quiero decir, dice que lo que él busca es “educar” a la sociedad.

Al parecer, el moribundo en cuestión sería expuesto “con su consentimiento y el de sus allegados”, especificó Schneider, y a ser posible en el museo Haus Lange, de Krefeld (Alemania), un edificio de su preferencia diseñado a principios del siglo XX por Ludwig Mies van der Rohe. Sin ningún tipo de complejo, Schneider, de 39 años, que también es autor de la celebrada obra “Hombre con erección” (en la fotografía) afirma que “la agonía y el camino hacia la muerte son desgraciadamente hoy en día un sufrimiento” y asegura que “el enfrentamiento a ella, tal como yo lo proyecto, puede quitarnos el miedo” a ésta.

Definitivamente, desde el momento en que Marcel Duchamp expuso un urinario y alcanzó con ello la inmortalidad, el arte contemporáneo solamente pervive como consecuencia de la superstición de los ignorantes, gracias a la insolencia creadora elevada a la categoría de mito y, sobre todo, en base a mucha desvergüenza de críticos, intermediarios, galeristas y funcionarios culturales que han rodeado a determinados artistas de un falso halo de grandeza que tiene muy poco que ver con la genialidad y la excelencia y que, por el contrario, está muy relacionado con el cinismo, el impudor y la más rotunda caradura.

Buena parte del arte que hoy se produce en Occidente ha olvidado su finalidad clásica de producir belleza para intentar generar, sobre todo, riqueza especulativa y, de este modo, personajillos de medio pelo como Damien Hirst, Tracy Emin, Marc Quinn, Xiao Yu o tantas otros que nunca hubieran pasado de ser unos simples pillastres de barrio se han dedicado a la creación artística y han conseguido que, asentándose sobre la visión especulativa de los coleccionistas, las estrategias de marketing de los galeristas, la imbecilidad de los críticos y la estupidez de muchos papanatas culturales que abarrotan los museos para contemplar, por ejemplo, unos excrementos de elefente, el mundo del arte se convierta en lo que actualmente es: una cloaca infecta. (Ver vídeo)



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