martes, 23 de septiembre de 2008

La magia de "The New Yorker"


Ya hemos comentado recientemente en este blog algunos de los problemas de credibilidad que atraviesan los grandes medios de comunicación internacionales, pero, de cualquier manera, y afortunadamente, algunas publicaciones continúan proporcionando múltiples ejemplos de lo que es hacer un buen trabajo periodístico.
En mi opinión, actualmente el mejor periodismo se está realizando en Estados Unidos y, dentro de este mercado, quisiera destacar el excelente trabajo que está realizando semanalmente la revista "The New Yorker", especialmente desde que hace una década la dirección de esta publicación pasara a estar en manos de David Remnick.
"The New Yorker" recoge reportajes excepcionalmente escritos por periodistas y narradores de primera fila, presta una atención muy especial a la actualidad internacional (son ya clásicas sus crónicas sobre la guerra de Irak) y ofrece una visión excepcional de los grandes pulsos socio-culturales que marcan la evolución del mundo. Para todo ello, "The New Yorker" utiliza todo tipo de géneros periodísticos, pero hay que reconocer que esta cabecera tiene el mérito de haber puesto nuevamente de moda, en el tiempo de la CNN, los blogs e Internet, la práctica del gran reportaje escrito.
Pero lo auténticamente mágico de esta historia es que esta apuesta de "The New Yorker" por el mejor periodismo está siendo absoluta y radicalmente avalada por los números. En los últimos diez años, la circulación de la revista se ha incrementado en un 32%, la publicación cuenta con un índice de resuscripción del 85% (el más alto del mercado en Estados Unidos) y lleva varios ejercicios en números negros. Pero lo que más confunde a los analistas de medios es que "The New Yorker" contradice radicalmente a quienes afirman, apocalíptica y cansinamente, que los jóvenes no leen: la revista ha aumentado en un 70% el número de sus lectores cuya edad oscila entre los 18 y los 34 años.
En el vídeo, incluimos un fragmento de la película promocional creada en 2005 por el Norman Rockwell Museum para su exposición "The New Yorker: 80 años en la vanguardia", en la que se recogían algunas de las mejores portadas publicadas por esta cabecera a lo largo de las últimas décadas.

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