miércoles, 8 de octubre de 2008

París-Nueva York: el eterno dilema cultural



Siempre me ha fascinado la pugna, la competición y los desafíos constantes que durante el pasado siglo XX mantuvieron las ciudades de París y Nueva York en su lucha incesante por convertirse en los referentes culturales del mundo.
Este duelo, en el que muchos quisieron ver, a mi juicio erróneamente, la contraposición existente entre las formas de vida del viejo y del nuevo continente, arrancó a comienzos del siglo XX con la capital de Francia, París, exhibiendo su capitanía mundial en el terreno de las artes y de las tendencias más novedosas desde, al menos, dos siglos antes.
Hay que tener en cuenta, por ejemplo, que mientras en la década de los años veinte del pasado siglo, cuando París, con sus bulevares, sus cafés, sus cabarets, sus museos y sus infinitas galerías, era un hervidero cultural en el que, alrededor del surrealismo, crecían las más variadas corrientes literarias y pictóricas, en Nueva York se sufría con los padecimientos de la gran depresión económica de 1929 y la ciudad de los rascacielos, que todavía se encontraba en un estado incipiente de su arquitectura descomunal, apenas era un remedo borroso del gran faro cultural galo. A pesar de que clubes jazzísticos como el mítico Cotton Club se encontraban en su máximo apogeo.
Más o menos, esta situación se mantuvo hasta los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, cuando el caos sangriento en el que la Alemania nazi convirtió a Europa en general, y a Francia en particular, obligaron a muchos pensadores, artistas, escritores e investigadores europeos a emigrar a Estados Unidos. Nueva York, obviamente, actuó como un gran imán para todas estas personalidades que convirtieron la gran ciudad del Este en una urbe rebosante de creatividad artística y de productividad intelectual, al mismo tiempo que París se consumía al paso de los tanques alemanes por los Campos Elíseos.
El relevo que había tomado Nueva York como faro de a cultura mundial a partir de la gran guerra se mantuvo vivo durante toda la década de los cincuenta, y contó, además, con un impulso añadido que vino de la mano del auténtico nacimiento de la sociedad de consumo tal y como hoy la conocemos que, no hay que olvidarlo, tuvo lugar en Estados Unidos en esas fechas.
A partir de 1957, y simbolizado en el Premio Nóbel de Literatura conseguido por el gran Albert Camus, el centro de gravedad de las letras, la filosofía, el arte y la reflexión regresa a Europa y, especialmente, a París, donde se mantiene activo hasta la gran implosión de 1968, fecha en la que las revueltas de estudiantes y obreros en el corazón de Francia cuestionan hasta el límite una tradición histórica, política, social y cultural burguesa que, a partir de entonces, y a pesar de haber salido reforzada tras la rebelión de los adoquines, no dejaría de cuestionarse incesantemente a sí misma.
A partir de este momento, la guía universal en el ámbito de las tendencias culturales será nuevamente la ciudad de la Estatua de la Libertad donde, al contrario de lo ocurrido en California, apenas llegaron los ecos de las protestas sesentayochistas. En la década de los sesenta y de los setenta del pasado siglo XX, Nueva York hervía con el pop-art de Andy Warhol, el nuevo periodismo de Tom Wolfe y las novelas de no-ficción de Truman Capote. El arte, la moda y el diseño de entonces debían ser, según el pintor Richard Hamilton, algo "efímero, popular, barato, producido en serie, joven e ingenioso". La dinámica musical, por otro lado, también se había desplazado al otro lado del océano con el liderazgo de los Rolling Stones ("The Beatles" se habían disuelto en 1970) y de los primeros compases de la música disco.
Esta posición de liderazgo neoyorquino se vio reforzada claramente en la década de los ochenta del pasado siglo, en aquel tiempo económicamente bonancible, plásticamente rupturista, financieramente exuberante, artísticamente alocado e intelectualmente avasallador en el que la cultura clásica se vio infiltrada radicalmente por el auge de los grandes medios de comunicación de masas, por la utilización de las más variadas herramientas audiovisuales como utensilios para generar los más diversos productos artísticos y por un cambio radical en la concepción y el planteamiento de las realizaciones culturales. La palabra cultura pasó a ser producto cultural e, inmediatamente, se convirtió en sinónimo de mercado; la perfomance impactante se descubrió como lo más buscado y valorado, y, a partir de entonces, nadie volvió a saber, y lo que es peor, nadie se volvió a preguntar, dónde había quedado la estética y qué es lo que había pasado en la relación de ésta con la ética.
El 11 de septiembre de 2001, en Nueva York, todos quisimos encontrar respuestas a estas preguntas.
Ahora, el Museo de la Ciudad de Nueva York (Museum of the City of New York) acaba de inaugurar una exposición, "París- Nueva York: Diseño, Moda y Cultura. 1925-1940" en la que se habla, gráficamente, sobre todas estas cosas.
Si estuviera allí, no dejaría de verla.

www.gonzalez-zorrilla.com
Tienda Blog Raúl González Zorrilla

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