lunes, 13 de octubre de 2008

Reportaje: En la cuna del castellano


Paseo por los Monasterios de Yuso y Suso (La Rioja, España). Patrimonio de la Humanidad desde 1997

Situados en el collado que antecede a la riojana Sierra de la Demanda, en un lugar privilegiado por la templanza del clima, la abundancia de agua y la rotundidad del silencio, los monasterios de Yuso y de Suso, patrimonio de la Humanidad desde 1997, han vigilado de cerca, desde hace casi un millar de años, lo más preciado de la cultura española: su lengua y su arte.
Entre los muros de estas dos abadías separadas entre sí por mil metros escasos de tierra rojiza y campos ocres, se protegen y se muestran con pudor las más variadas pruebas y testimonios que dibujan la evolución de esta región desde el año 550 hasta bien entrado el siglo XVI. Y es que, desde cualquier punto de vista, el monasterio de Suso, o el "de arriba", y el monasterio de Yuso, o el "de abajo", enclavados en el municipio de San Millán de la Cogolla, a 40 kilómetros de Logroño, configuran un grupo constructivo mágico y espectacular que no solamente guarda el recuerdo escrito de los primeros balbuceos del idioma español sino que, además, en sus muros centenarios y entre sus claustros discretos muestra sin ambages las huellas de los estilos visigodos, medievales, mozárabes, renacentistas y barrocos que, sucesivamente, han ido construyendo gran parte de la historia cultural y artística de la península ibérica.
Los orígenes del monasterio de Suso se remontan a mediados del siglo VI, cuando el santo Millán, fundador involuntario de la comunidad eremita que adoptó su nombre, se retiró a unas cuevas cercanas a orar y meditar. En aquellas grutas, los seguidores de San Millán habrían de alzar en el año 550 el cenobio que serviría como núcleo central de la abadía románica que, paulatinamente y en honor al maestro fallecido, irían levantando hasta bien entrado el siglo XI. Una vez que se finalizó la obra y consumadas las numerosas ampliaciones sufridas por la iglesia a lo largo del tiempo, el monasterio de Suso, en los albores del primer milenio, se erguía ante la meseta castellana como una construcción magnífica para los señores más devotos y también como un refugio gratificante para todos aquellos hombres y mujeres míseros que huían de alguno de los muchos males que asolaban aquella época dramática y oscura.
Hoy, cuando se pasea por entre las ruinas bellas y desoladas de Suso, la mirada se pierde en un intrincado paisaje de pequeñas joyas artísticas y arquitectónicas. Los arcos de herradura sobre capiteles visigóticos, la pequeña iglesia de dos naves, el monasterio mozárabe y los múltiples añadidos románicos configuran un escenario cultural milenario y magnífico que, en los alrededores de La Rioja, solamente puede ser comparado con la emoción plástica que emana de los muros impertérritos, de las gruesas columnas y de los numerosos contrafuertes que sostienen el monasterio hermano de Yuso.
Yuso, construido en el siglo XI para agrandar el monasterio primigenio de Suso se convirtió, con el paso del tiempo, en la cuna del castellano, pues fue en su magnífica biblioteca, en la actualidad muy bien conservada, donde han aparecido las primeras palabras escritas en este idioma.
Concretamente, los trazos primales de esta lengua que con el correr de los siglos habría de atravesar el Atlántico para instalarse en América y convertirse en una de las hablas más importantes del mundo, se hallan impresos como anotaciones, acotaciones o "glosas" en los márgenes de un códice emilianense del siglo X que un monje había copiado para su conservación en el "sriptorium" del monasterio de Yuso.
Al parecer, el religioso quiso dar forma textual y gráfica al pequeño vocabulario, evolucionado y vulgarizado del latín, que él utilizaba para hablar de un modo coloquial con los vecinos de la comarca, y así trasladó a las hoy conocidas como "Glosas Emilianenses" los primeros vocablos escritos en un protocastellano todavía muy rudimentario. Se da la circunstancia de que en las mismas Glosas aparecen también las primeras palabras escritas en vascuence, con lo que se refuerza la teoría lingüística que afirma que el fraile copista se afanaba por incluir en las reproducciones de los textos latinos explicaciones escritas en los idiomas que se hablaban cerca de donde él habitaba. Dado que la zona en la que se encuentra el monasterio de Yuso también sufría la presión del euskera, hablado en tierras situadas escasos kilómetros más al norte, el religioso, al igual que hizo con el castellano, también se esforzó por trasladar al lenguaje escrito los vocablos pronunciados en aquel idioma.
Por si esta primera y balbuceante construcción escrita del español fuera poco para resaltar el papel crucial que el monasterio de Yuso posee en el nacimiento de esta lengua, esta misma abadía habría de acoger también en sus estancias tácitas y silenciosas la figura de Gonzalo de Berceo, primer gran escritor en castellano y autor en el siglo XIII de los primeros poemas escritos en este idioma.



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