miércoles, 18 de febrero de 2009

La fascinante inmortalidad de los vampiros

Una excelente serie de televisión de la productora HBO, “True Blood” (“Sangre fresca”); una película que está arrasando en las taquillas adolescentes, “Crepúsculo”; una novela destinada básicamente al público juvenil, pero devorada por todo tipo de lectores como “Cazadores de sombras”, de Cassandra Clarke; el reciente estreno de la tercera parte de un clásico del género como “Inframundo”; numerosas exposiciones como las que en varias ciudades de España se están dedicando al magnífico y pionero escritor Bram Stoker; las continuas reposiciones de una producción excepcional como fue “Buffy Vampire Slayer”, o los variados cómics que abordan el tema, como “Encantamiento de luna”, de Javier Ruescas, demuestran que hoy, como siempre, los vampiros están de moda.
Hay algo fascinante en la permanente actualidad del mito del vampiro que en 1897 popularizara Bram Stoker con su clásico “Drácula”. Estos personajes, eternos habitantes del subconsciente sobrenatural colectivo, cuyos antecedentes más remotos podrían encontrarse en los dioses mesopotámicos Utuhu y Maskin, atraen al ser humano por su fantasmagórico estado de no muertos, por sus facultades inmortales y, muy especialmente, por su necesidad de alimentarse de sangre humana. Y es que el líquido de la vida, y su intenso color púrpura, se ha asociado a lo largo de los siglos a la vida, a las pulsiones más vibrantes, a la energía, la fortaleza, la exaltación e, incluso, a la atracción sexual.
De esta forma, al unirse los conceptos de sangre, vida y pasión, los vampiros, que en sus atribuciones más arcaicas solamente eran brutales depredadores de sangre permanentemente presentes en culturas precristianas tan dispares como la mesopotámica, la egipcia, la china, la india, la americana o en la antigua Grecia, fueron transformándose progresivamente en seres hipnóticamente seductores, hechiceros y sugerentes cuya primera gran manifestación literaria tuvo lugar con el relato “El vampiro”, del médico y escritor británico John William Polidori.
Este cuento, escrito en 1816, y que como decimos está considerado como el inspirador del vampiro romántico que más tarde llegaría a su máxima expresión con la figura de “Drácula”, tiene, además, su particular y poderosa historia: fue escrito en las famosas y tormentosa noches de verano entre el 16 y el 19 de junio de 1816, en la ciudad de Ginebra, en la Villa Diodati, donde Polidori se encontraba junto a Lord Byron, Percy Shelley, Mary Shelley, la hermanastra de ésta, Claire Clairmont; la condesa Potocka (sobrina nieta del rey Estanislao II de Polonia), y Matthew Lewis (autor de “El Monje”).
Aquella noche, todos juntos se pusieron a leer un libro perteneciente a Polidori y titulado “Fantasmagoriana”, que contenía leyendas alemanas de fantasmas, y tras la lectura de éste se pusieron de acuerdo para escribir cada uno una historia de terror. Los únicos que superaron el desafío fueron Mary Shelley, que ideó el argumento para su obra “Frankenstein”, quizás la primera novela de ciencia-ficción, y el propio Polidori con el relato que comentamos, que pasaría a convertirse en el primer gran relato clásico de vampiros.


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