miércoles, 15 de abril de 2009

Ensayo: Internet cumple veinte años y asienta las bases de un nuevo orden mundial

"Gestión de la Información: una propuesta". Este informe ya histórico, que pueden leer íntegramente en su versión original en inglés en nuestro almacén de documentos, fue la semilla que, en marzo de 1989, dio el impulso definitivo al nacimiento de lo que hoy es Internet. El trabajo había sido desarrollado por Tim Berners-Lee, un informático hasta entonces desconocido del Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN), y el objetivo del mismo era muy modesto: permitir que los científicos, aunque se hallaran en diferentes lugares, pudieran mantenerse en contacto y compartir sus conocimientos. La respuesta del jefe de Tim Berners-Lee al planteamiento desarrollado por éste fue muy escueta: "Vague, but interesting" (“Poco preciso, pero interesante”).
Hoy, veinte años después, Internet no solamente ha alterado las reglas generales de la partida sino que, sobre todo, ha cambiado el mundo en el que se lleva a cabo el juego. La Red se ha convertido en la malla universal sobre la que se asienta nuestro planeta globalizado, es el entramado sobre el que se sostienen las finanzas mundiales y es una de las principales herramientas de comunicación entre los seres humanos. Internet ha alterado radicalmente el funcionamiento de algunos sectores económicos, ha sido el instrumento crucial que ha permitido la aparición de cientos de miles de empresas dedicadas a las nuevas tecnologías, ha volteado los medios de comunicación de un modo que todavía no somos capaces de valorar, ha mutado radicalmente nuestra forma de entender la realidad y de acceder a la misma, y, sobre todo, ha transformado profundamente la forma de asentarnos en el mundo y la manera de encontrarnos con los demás. La radicalidad de estos cambios se pone claramente de manifiesto en dos datos rotundos: en dos décadas, las nuevas tecnologías se han convertido en las artífices del 7% del PIB mundial, mientras que los servidores que se necesitan para que Internet funcione correctamente consumieron en 2008 el 1% del total de la energía producida en el planeta.
A veces resulta muy difícil recordar cómo era todo antes del nacimiento del gran Acceso. Yo tengo presente cuándo y cómo entré en la Red por primera vez. Fue un viernes del mes de noviembre de 1996, y lo hice a través de uno de esos módem analógicos que había entonces y que a la hora de conectarse al servidor realizaban todo tipo de ruidos, crujidos, chirridos y estridencias. Desde aquel día y hasta hoy, Internet me ha permitido contactar, dialogar e, incluso, trabajar, con personas de los más diversos lugares del planeta; me ha posibilitado ver películas que no hubiera podido contemplar de otro modo, escuchar músicas que difícilmente hubiera podido disfrutar sin la conexión, y conocer datos e informaciones que, sin la malla universal, hubiera tardado meses, o años, en conseguir.
Pero es que, más allá de modificar, en algunos casos profundamente, nuestras costumbres cotidianas, Internet ha revolucionado, facilitándolo, el acceso universal a la cultura; ha democratizado, popularizando las opiniones online, la toma de decisiones; ha posibilitado que los ciudadanos se conviertan en elementos activos y protagonistas en la gestión de sus intereses; ha multiplicado exponencialmente las posibilidades educativas de hombres, mujeres y niños; ha puesto a nuestra disposición nuevas maneras de producir, de crear, de idear, de diseñar, de consumir e, incluso, de alcanzar nuestros más recónditos deseos y esperanzas.

Tecnología e Ideología

Toda tecnología lo suficientemente poderosa crea su propia ideología. Las dos primeras y únicas grandes revoluciones industriales que ha vivido la humanidad hasta la fecha, asociadas en un primer caso a la invención e implantación de la máquina de vapor (XVIII-XIX), y posteriormente al desarrollo de las industrias química, eléctrica, del petróleo y del acero (1870-1820), dieron luz a un capitalismo bronco, a unas democracias débiles y a movimientos totalitarios feroces que marcaron la primera mitad del siglo XX y que fueron el germen de la Segunda Guerra Mundial.
En este sentido, Internet en particular, y las nuevas tecnologías asociadas a la información, la comunicación, la energía, la biología o a la nanoinvestigación en general, están configurando también su propio y trascendental cambio de paradigma. Se trata de un incipiente marco ideológico que bosqueja los valores que configurarán, que están configurando ya, el nuevo orden mundial que ha de nacer tras identificar con nitidez los principales desafíos a los que se enfrentará el planeta en las próximas décadas. Y los retos son, según lo que puede leerse en la Declaración Final realizada el pasado 2 de abril por los líderes de los países que conforman el G-20, bastante claros: la reformulación del sistema capitalista; la lucha contra la crisis energética que se agravará según vayan disminuyendo las reservas de combustibles fósiles; el combate contra la crisis económica más intensa, novedosa y crucial que se ha producido en los últimos años; la unión de voluntades que exige el combate contra el deterioro ecológico planetario; las estrategias que han de desarrollarse para luchar contra la pobreza y la superpoblación mundiales, y el diseño de una nueva red de instituciones globales que sucedan a los inoperantes y anacrónicos organismos supranacionales surgidos en las primeras décadas del pasado siglo. Todo esto, además, teniendo en cuenta la urgencia de diseñar mecanismos de protección efectivos contra los novedosos enemigos del progreso, el desarrollo y la libertad que han aparecido con fuerza en el gran teatro mundial tras la caída de la antigua URSS y, especialmente, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001: el terrorismo global, los Estados fallidos, los múltiples movimientos integristas que asolan el mundo; el narcoterror; el amplio abanico de irracionalismos, tanto laicos como religiosos, que se extiende por doquier, y, por supuesto, la amenaza totalitaria siempre presente en determinadas regiones estratégicas del mundo.
Enfrentar con éxito todos estos retos, y muchos otros derivados de los más espectaculares avances tecnocientíficos que tienen lugar un día sí y otro también, va a exigir, en algunas ocasiones, la puesta en marcha de códigos éticos innovadores y, en otros casos, de la reescritura de formulaciones morales que ya se apuntaron, por ejemplo, en la Declaración de Derechos Humanos de 1945. Pero, en cualquier caso, hay una cosa que parece segura: el nuevo orden mundial que está naciendo en los albores de este siglo XXI habrá de asentarse, horizontalmente, sobre las personas y los ciudadanos, y sobre tendencias predominantes en los seres humanos cuando éstos interactúan de individuo a individuo, como la colaboración, la creatividad, la formación, el aprendizaje permanente, la emoción inteligente, la adaptación constante a los cambios, la apuesta por el conocimiento, el diálogo, la cooperación, las identidades compartidas, las comunidades de intereses, el respeto y el reconocimiento de los otros. Esencialmente, todos estos son valores líquidos, vaporosos, suaves, curvos y sin aristas, que han encontrado su mejor hábitat en Internet y en las nuevas tecnologías, y que se implantan, se desarrollan, se comparten y se expanden especialmente bien a través de la Red, conformando lo que, en términos político-sociológicos, se conoce con el nombre de “softpower” (“poder blando”). Todos ellos se contraponen, radicalmente, con elementos referenciales más propios de tiempos pasados, y de otras herramientas, máquinas y tecnologías que han construido el mundo que se nos está licuando en las manos y que se regía por intangibles más pesados y más sólidos, ligados a las grandes instituciones y a emporios industriales multinacionales hoy dramáticamente tambaleantes, como la competitividad a cualquier precio, la gestión vertical, las visiones monolíticas, los monólogos, las propuestas cerradas, la depredación de recursos, la ocupación agresiva de los espacios, tanto públicos como privados, o las decisiones ferozmente impuestas.
Todos somos más hijos de nuestra época que de nuestros padres y, por ello, el mundo distinto y novedoso que se está conformando sobre el desarrollo exponencial de Internet y las nuevas tecnologías, comienza a definir a un nuevo tipo de sociedades y de ciudadanos que, lógicamente, están dando luz a un cúmulo de acontecimientos cruciales, trascendentales y espectaculares que no han hecho más que comenzar: de Barack Obama a la refundación del capitalismo propuesta por el G-20, pasando por la vorágine de cambios provocados por los países BRIC (Brasil, Rusia, India y China), la firma del Protocolo de Kyoto 2 o la última innovación tecnocientífica, todo nos habla de un nuevo mundo. Un mundo 2.0.

En el vídeo, una mirada tan lúcida como gélida, al mundo de Internet

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