miércoles, 15 de julio de 2009

Ian Curtis y Joy Division: En la frontera de un nuevo mundo

A finales de los años setenta, un jovencísimo Ian Curtis, al frente de su banda “Joy Division”, habría de marcar de una forma indeleble el panorama musical del momento con un puñado de discos que, surgidos en el corazón del Manchester (Gran Bretaña) más industrial, supieron describir como pocos el espíritu oscuro de aquellos momentos.
Ian Curtis y Joy Division eran herederos de los Sex Pistols y del punk más descarnado, pero el sonido de sus guitarras podía se también sutil, evocador y profundamente melancólico como el cantar del mejor instrumento clásico. Aquellos eran tiempos negros y Joy Division, especialmente en álbumes como “Unknown Pleasures”, “Still” o “Substance”, estaba componiendo una banda sonora excepcionalmente descarnada que abarcaba los momentos finales de la Guerra Fría, de los modelos industriales nacidos en el siglo XIX y del capitalismo más bronco. Los sones de Joy División, en algunos casos convertidos en himnos generacionales, auguraban un momento histórico de ocaso y demolición que dejaba entrever ya al fin de las ideologías que pronto habría de llegar, el hundimiento de los grandes marcos referenciales sobre los que se había levantado la modernidad y la arribada de una nueva época que, en poco más de dos décadas y levantándose sobre nuevos paradigmas ideológicos, sociales, culturales y, sobre todo, científicos y tecnológicos, habría de cambiar nuestras sociedades para siempre. Pero el acompañamiento musical de este nuevo periodo histórico que se abrió con la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 y que habría de extenderse hasta los atentados islamistas de Nueva York y Washington de septiembre de 2001, ya no sería responsabilidad de Joy Division sino de “New Order”, sus directos herederos musicales y cuyas grabaciones de los años ochenta se han convertido ya en cánticos clásicos de la posmodernidad.
Ian Curtis, marcado por la tragedia, por la oscuridad, por el drama y, probablemente, por la depresión, no pudo superar el peso de su historia personal, marcada por una epilepsia y por su incapacidad para combinar su vida casera de padre de familia con una meteórica e inesperada carrera de estrella del pop. Se suicidó en 1980, cuando acababa de cumplir 23 años. Con él también se apagarían los ecos de “Love Will Tear Us Apart" y "Transmission", dos de los grandes éxitos de “Joy Division”, y se daría por clausurado un tiempo cargado de brumas, hollín, óxido y hierro que este chico triste de Manchester supo describir, y sentir como pocos. Un año después, en 1981, New Order, el elegante hijo musical de los Division, lanzaría “Blue Monday” y arrasaría las pistas de baile de todo el planeta con un tema que cogía las guitarras arruinadas de Curtis y las convertía en un ritmo aplastante, pegadizo y seductor que, evidentemente, hablaba ya de otras cosas. La solidez abrumadora de la modernidad había sido sustituida, definitivamente, por la evanescencia de la posmodernidad, y Ian Curtis no podía estar allí para contemplarlo. Difícilmente hubiera podido soportarlo.
De la vida de Ian Curtis y de aquel tiempo nos habla el director Anton Corbijn, que fotografió a Joy Division en 1979, en una película excepcional que, bajo el título de “Control”, se ha estrenado hace poco tiempo en las salas de cine y ahora acaba de ser editada en un doble DVD excepcional que recoge el film y varios interesantes documentos complementarios. En las librerías, todavía puede encontrarse un libro editado por la mujer de Ian, Deborah, en el que ésta narra la difícil vida con el músico. Por si todo esto fuera poco, en las tiendas de música está ya en venta la más completa antología realizada hasta la fecha dedicada a Joy Division.

¿Quiere suscribirse a nuestro boletín informativo gratuito?



1 comentario:

  1. Anónimo10:17 p. m.

    Otra crítica de la película en:
    http://7masacritica.blogspot.com/2009/06/control.html

    ResponderEliminar

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...