jueves, 1 de diciembre de 2011

Lo que sé de la entrevista



Un amable estudiante andaluz de periodismo me pregunta de qué personas, de las que he entrevistado a lo largo de mi trabajo como periodista, guardo mejor recuerdo. La verdad es que contestar a este tipo de cuestiones me produce cierto vértigo, sobre todo porque, al echar la vista atrás, te das cuenta, como si de una revelación insospechada se tratara, de las cosas que hemos hecho, de todo lo que deseábamos hacer y no hemos hecho, de lo que hemos hecho y no deseábamos hacer y sí, también de todo lo que hemos hecho y siempre habíamos deseado hacer.

Mi primera entrevista la realice en 1986, para un programa de radio local, al cantautor cubano Silvio Rodríguez. Aunque parezca un mal chiste, me ocurrió lo que siempre les ocurre a los reporteros novatos en las películas norteamericanas: que no ponen cinta en las viejas grabadoras de casete que utilizábamos hace ya demasiados años. Siempre recordaré este encuentro profesional por ser el primero y, sobre todo, por la vergüenza que pasé al abrir la tapa del aparato. Aunque Silvio Rodríguez fue muy amable con el cronista imberbe que yo era.

Guardo estupendos recuerdos de gratas conversaciones, y en ocasiones muy largas, con el antropólogo y etnógrafo Julio Caro Baroja (1914-1995), por su exquisita educación, su suave ironía y sus conocimientos enciclopédicos. También recuerdo coloquios muy interesantes, chispeantes y sumamente esclarecedores con el criminólogo Antonio Beristain, reciente y tristemente fallecido, o con filósofos y profesores brillantes como Fernando Savater, Aurelio Arteta o Javier Echeverria.

Ana María Matute me sorprendió por su dulzura, el actor Adolfo Marsillach por su capacidad para la crítica acerada, el etólogo Jordi Sabater Pi (1922-2009) por su pasión a la hora de hablar de los chimpancés a los que tan bien conocía y el escultor Agustín Ibarrola por ser, desde cualquier punto de vista, un artista genial encerrado en un hombre bueno.

También recuerdo entrevistas muy amenas con Pedro J. Ramírez, apenas unos meses antes de que pusiera en marcha “El Mundo”; con José Luis López Aranguren (1909-1996), otro sabio renacentista; con Antoni Muntadas, un auténtico precursor de los modernos montajes expositivos; con el escultor Eduardo Chillida, que se enfadó conmigo porque le dije que no me gustaban las obras del creador alemán Joseph Beuys; y con J. J. Benítez, que tiene una capacidad extraordinaria para la narración y para creerse, sin pestañear, todo lo que cuenta sobre fenómenos paranormales y ufología.

La mejor entrevista que he hecho vía email ha sido, creo, una que hice a Miquel Barceló, profesor universitario, experto tecnólogo, editor y, sin duda, uno de los grandes especialistas mundiales en ciencia-ficción.

La entrevista más extraña: la que le hice a un profesor senegalés, cuyo nombre no recuerdo, pero que era experto en climatología: yo, entonces, apenas hablaba inglés, él no hablaba castellano y ambos nos entendimos en un francés que apenas comprendíamos.

La entrevista más extravagante: a un reputado masajista que me hablaba, con total seguridad, de los dos extraterrestres, invisibles, que tenía siempre a sus espaldas.

La más inquietante: a una desconocida y ya fallecida echadora de cartas, muy conocida en determinados ámbitos socio-políticos, que me quiso leer el futuro. No se lo permití: cuando me miró a los ojos comprendí que podía acertar.

Después de más de veinte años trabajando en prensa, a veces todavía me pregunto qué es lo que sé sobre ese género extraño, brillante, a veces tramposo y siempre interesante, que es la entrevista. Pienso que son tres las claves de una buena entrevista: primero, informarse en profundidad sobre el entrevistado; segundo, escuchar con atención (sin escucharnos a nosotros mismos) lo que éste nos dice; tercero, prestar una atención especial a los silencios del entrevistado.  





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