viernes, 9 de abril de 2010

Recuerdos de cuando el mundo era "punk"

La reciente muerte, a los 64 años, de Malcolm McLaren, quien fuera manager y mentor estético de los Sex Pistols en los años setenta del pasado siglo, vuelve a poner en primer plano de la actualidad el movimiento punk.

Esta moda cultural, musical y estética, cuyo nacimiento está fechada en 1977 con la publicación del disco “Never mind the bollocks, Here's the Sex Pistols” ("Por nuestros cojones, aquí están los Sex Pistols"), un desvarío musical rozando el sonido blanco que escandalizó a la sociedad británica por la crudeza de su lenguaje, por sus proclamas anarquistas y, sobre todo, por su virulencia ante la Monarquía, el patrimonio institucional más preciado por los ingleses. De hecho, el tema más conocido de los Sex Pistols fue el ya histórico “God save the Queen” (abajo, en el vídeo), que además de ser un disparo brutal contra la realeza, quería ser un ataque “contra el sistema” si es que, en algún momento, Steve Jones, Paul Cook, Glen Matlock y, sobre todo, el vocalista John Lydon (Johnny Rotten), llegaron a comprender en qué consistía todo aquello. Aunque Malcolm McLaren sí lo sabía.

El movimiento punk sirvió de agitador cultural de unas sociedades occidentales que, a mediados de los años setenta, seguían instaladas aún en el inmovilismo de la carrera nuclear, en la grisura de los momentos finales de la contracultura de los años sesenta y, sobre todo, en la dureza de una recesión económica que, impulsada por un incesante crecimiento del precio del petróleo, afectó a todas las economías mundiales. En ese contexto de desencanto, de crisis, de carencia de alternativas y de desafecto hacia los valores que habían primado durante las últimas décadas, el grito de los Sex Pistols tuvo el efecto de una llamada a la movilización más brutal, a la protesta más agria y al grito más obsceno. De hecho, hay que tener en cuenta la banda de Johny Rotten solamente publicó cuatro sencillos y un larga duración, pero con ese bagaje, y un largo repertorio de salivazos a las autoridades, censuras, escándalos, disturbios y altercados en sus conciertos en directo, consiguieron su objetivo: conmover con el grito de Johny Rotten “Yo odio”.

Pero, en mi opinión, lo que el fenómeno punk, con Malcolm McLaren a la cabeza, demostró por encima de cualquier otro elemento es que, con su existencia y su asimilación, las democracias occidentales y capitalistas revelaron que su esencia y su mayor potencial se encontraba en su capacidad, en su inmensa voracidad para deglutir, asumir e integrar toda acción, iniciativa, movimiento o corriente que, surgida desde su interior, quisiera dinamitar el sistema. De hecho, en apenas un par de años, la música, la estética, la parafernalia, la moda e, incluso, el lenguaje punk quedó superado y dejó paso a un periodo postpunk (Joy Division, The Cure) que rápidamente habría de dar luz a una multiplicidad de nuevos géneros y estilos que ya nada tendrían que ver con las lenguas aceradas de Sid Vicius y compañía. Lo desafiante, lo rupturista y lo marginal acabó integrado en la gran maquinaria social, económica y cultural de Occidente y, al final, hemos visto que todo lo que queda de aquel “Never mind the bollocks” son cientos de camisetas, pantalones, cadenas e imperdibles vendidos a precios de salto en todos los mercadillos del mundo.



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