viernes, 26 de noviembre de 2010

Contemplando el mundo pasar mientras un agua de nieve cae tras los ventanales

Hoy el invierno está tan presente que casi puede cortarse y el frío siempre me recuerda a otras ciudades, a otras tierras, a otros mundos y a otras gentes. 
Cuando la luz del cielo toma el color del plomo, la memoria me traslada a otros paseos gélidos vividos en París, en Londres, en Bruselas o en Nueva York, y la imaginación me dibuja pequeños bocetos de lo que un día supuso la caída de una nieve inesperada en urbes míticas como Luxor, Aleppo o Damasco, habitualmente sometidas a la tenaza férrea de las temperaturas y de los calores más extremos.
Entre la nevisca recuerdo haber ido a visitar el magnífico MOMI (Museum of Moving Image) de la capital británica, en medio de una lluvia helada recorrí en barco las pocas millas que separan Ellis Island del bajo Manhattan y nunca olvidaré el fascinante color nublado con que el frío baña la piedra gris de las infinitas fuentes de Roma.
Hay algo indefinido que llega con el descenso de los termómetros y que nos hace más humanos y que nos acerca un poco más a las pequeñas cosas de la vida. Si el verano es extraversión, desinhibición y explosión de los sentidos, el invierno apela al refugio íntimo, a la proximidad del hogar, a la protección de los seres queridos y, quizás por ello, esta estación sea tan pródiga en imágenes románticas, nostálgicas y melancólicas como las que tantas veces los mejores fotógrafos del mundo nos han mostrado en múltiples colecciones de Editions du Désastre.
Hoy apunta la cellisca y el frío me recuerda que en el calor de un café vienés, en la tibieza de una librería lisboeta, en la templaza de un bistrot de Saint Germain, en el arrullador alboroto de una cafetería madrileña o en el murmullo vital de un pub londinense, los seres humanos podemos encontrar no solamente el resguardo siempre agradecido de una buena chimenea, los aromas de unas castañas asadas o el  abrazo de un café, sino también un espacio privilegiado para reflexionar, para leer, para escribir, para charlar o, simplemente, para contemplar el mundo pasar mientras un agua de nieve cae tras los ventanales.

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