viernes, 17 de diciembre de 2010

El Papa Benedicto XVI y el truco del relativismo

En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, Benedicto XVI ha vuelto a reflexionar sobre uno de sus temas preferidos: el relativismo ético que, según afirma, es uno de los grandes males de la sociedad contemporánea. “La ilusión de encontrar en el relativismo moral la clave para una pacífica convivencia, es en realidad el origen de la división y negación de la dignidad de los seres humanos”, ha dicho el Papa, insistiendo en su constante denuncia de la pérdida de valores que, a su juicio, caracteriza a Occidente.

Ante tanta insistencia, es necesario preguntarse por las razones que llevan a Benedicto XVI (uno de los pontífices mejor formados intelectualmente que ha tenido la Iglesia Católica) a insistir tanto y en tantas ocasiones sobre esta cuestión. Y es que, en mi opinión, Benedicto XVI, haciendo un extraordinario número de magia ideológica, denuncia los males del relativismo, pero no porque éste sea una corriente intelectual básicamente demoledora que diluye la importancia fundamental de los derechos fundamentales de las personas, que pone en un mismo plano de igualdad todo tipo de ideologías y de creencias, y que rehuye de la existencia de una ética común para todos los seres humanos, sino porque el relativismo también implica una constante y triunfante liquidación de los férreos pilares doctrinales sobre los que se asienta la Iglesia Católica.

El Papa quiere terminar con el relativismo, pero no para que, por ejemplo, todos los hombres y mujeres del orbe podamos disfrutar de un conjunto de derechos y deberes básicos que trasciendan ideologías y creencias políticas, sociales, culturales o religiosas, sino para que todos terminemos encontrando la solidez, la referencia y el refugio en los brazos de la Iglesia Católica.

Lo contrario del relativismo cultural que, ciertamente, en la mayor parte de sus versiones resulta una impudicia moral, ha de ser el predominio de una ética democrática, basada en el respeto máximo a los derechos elementales de las personas, y construida sobre la idea de que hay una serie de valores fundamentales que han de ser respetados, tal y como se recoge en la Declaración Universal de los derechos Humanos. Lo que nunca puede ser una solución al relativismo es esa especie de autoritarismo moral y ese código ético discriminador que supura la Iglesia Católica, que nos retrotrae a los momentos más negros de nuestra historia.

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